La enfermedad de Parkinson (EP) es un proceso crónico, progresivo, neurodegenerativo, con trastorno del movimiento, provocado por la pérdida de neuronas dopaminérgicas, no solo en la sustancia nigra, sino también en otras zonas del cerebro y tronco encefálico, que estarían involucradas en la aparición de los síntomas no motores de la enfermedad.
Su prevalencia aumenta con la edad. Se calcula que afecta al 1 % de mayores de 60 años y al 5 % de mayores de 80, con una incidencia de 14 casos por 100.000 personas/año en población general, que llega a 160 por 100.000 personas/año en mayores de 65 años. En estudios de cohortes, el 5 % de los casos se diagnostican antes de los 40 años. Se ha observado un incremento de la incidencia de casos en ambos sexos, pero principalmente en hombres, y esta diferencia por sexo se traslada también al pronóstico de la enfermedad.
Además de la edad, la presencia de EP en familiares de primer grado incrementa el riesgo de desarrollarla en 2-3 veces. Las formas familiares ocurren en el 5-15 % de los casos y se han observado formas monogénicas y mutaciones homocigotas y heterocigotas que incrementan en 5 veces el riesgo de desarrollo de EP.
Otros factores de riesgo (exposición a pesticidas, herbicidas, metales pesados, trabajo en agricultura, vivir en áreas rurales, consumo de leche, dieta rica en hierro, obesidad, diabetes, dislipemia, hipertensión arterial, antecedentes de traumatismo craneoencefálico) o protectores (ingesta de café, cafeína, té, alcohol, vitamina E, niveles de urato, actividad física intensa, ingesta de antinflamatorios no esteroideos, flavonoides y estatinas) presentan resultados contradictorios en cuanto a su importancia para el desarrollo de la EP.
¿Cómo se manifiesta clínicamente?
Su inicio es insidioso. Se considera que los síntomas más tempranos de la enfermedad se pueden ir presentando progresivamente hasta 10 años antes de que se manifiesten los síntomas motores característicos de la enfermedad. Sin embargo, le especificidad de estos síntomas prodrómicos (trastornos en la fase REM del sueño, disfunción autonómica, depresión, ansiedad, trastornos obsesivos-compulsivos, déficits cognitivos y alteraciones olfativas) está todavía por comprobar.
Los síntomas motores guía de la EP son:
- Temblor. Está presente hasta en el 70 % de los pacientes. Se caracteriza por ser de reposo. Aunque a veces se presenta al mantener una postura o al inicio de una actividad, siempre es más intenso en reposo. Es grosero, desaparece con el sueño y empeora en situaciones de estrés. Afecta a las manos (cuenta de monedas), pies, cara (mueca de conejo), mandíbula, músculos de la lengua y, raramente, a la cabeza.
- Rigidez. Se presenta hasta en el 90 % de pacientes y comienza en la misma extremidad que el temblor, si este está presente. Se produce por el aumento del tono, provocando una mayor resistencia para la realización del movimiento pasivo de la extremidad afecta (“rigidez en rueda dentada”).
- Bradicinesia (enlentecimiento de los movimientos), acinesia (dificultad para el movimiento) e hipocinesia (reducción de la amplitud de los movimientos). Afecta principalmente a la cara y músculos axiales, por lo que se convierte en uno de los síntomas más incapacitantes. Es responsable de la dificultad o bloqueo para comenzar algunos movimientos, como pasear, girarse en la cama, levantarse de las sillas o salir del coche, así como de la micrografía, dificultad para abrocharse los botones o realizar doble clic en el ratón del ordenador, tono de voz monótono, etc.
- Inestabilidad postural. Aparece en estadios más avanzados de la enfermedad como consecuencia de una alteración en los reflejos posturales. Proporciona una postura en retropulsión al andar o un caminar inclinado hacia delante de hombros y cabeza. Es uno de los factores que influyen en el incremento de caídas de estos pacientes.
Su diagnóstico es clínico y debe ser periódicamente reevaluado para explorar la aparición de síntomas atípicos.
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