Archivos Anuales 2026

La OPS evalúa como muy alto el riesgo de propagación del sarampión ante próximos eventos religiosos masivos en las Américas

Ante la celebración de varios eventos religiosos masivos en América del Sur, que se prevé aumenten los viajes nacionales e internacionales en las Américas en los próximos meses, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) instó a los países a reforzar la vacunación, la vigilancia y las medidas de respuesta rápida, dado que el riesgo de propagación del sarampión en la región se mantiene muy alto.

La advertencia se recoge en una nueva evaluación regional de riesgo de la OPS, publicada en un contexto de brotes en curso, persistentes brechas en la cobertura de vacunación y detección de casos de sarampión en nuevas zonas geográficas. La evaluación actualiza el análisis regional de la OPS del 5 de agosto de 2026 y se centra específicamente en los riesgos asociados con los próximos eventos religiosos masivos en América del Sur y sus posibles implicaciones para la región de las Américas.

“El sarampión es altamente contagioso y estamos viendo las consecuencias de las brechas en la cobertura de vacunación en las Américas”, afirmó el doctor Jarbas Barbosa, Director de la OPS. “Las familias deben proteger a sus hijos con la vacuna contra el sarampión, la rubéola y las paperas (SRP), que es muy eficaz y segura, y los países deben cerrar las brechas de inmunidad, fortalecer la vigilancia y garantizar que puedan detectar y responder rápidamente a los casos, particularmente en momentos en que el aumento de los viajes y los eventos masivos generan más oportunidades para que el virus se propague”.

Según los datos más recientes de la OPS, entre el 4 de enero y el 3 de octubre de 2026 se notificaron 55.792 casos confirmados de sarampión y 77 muertes en 17 países y territorios de la región, lo que representa un aumento de 4,8 veces en comparación con el mismo período de 2025.

Guatemala notificó el mayor número de casos en la región, seguida de México, Estados Unidos, Perú y Canadá. En conjunto, estos cinco países concentraron el 99,5 % de los casos confirmados. También se notificaron casos en Argentina, Belice, Bolivia, Bonaire, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Panamá y Uruguay.

Los casos de sarampión también han aumentado a nivel mundial en 2026, lo que incrementa la probabilidad de casos importados asociados con viajes internacionales y de una posterior transmisión en comunidades con baja inmunidad. La evaluación de riesgo de la OPS ha identificado el resurgimiento mundial de casos como un factor que aumenta la probabilidad de casos importados.

Por qué los eventos masivos aumentan el riesgo

El sarampión es altamente contagioso y puede propagarse rápidamente cuando se introduce en poblaciones con baja inmunidad, especialmente en lugares concurridos. Las personas con sarampión pueden transmitir el virus antes de que aparezca la erupción característica, por lo que viajeros infectados pueden exponer a otras personas sin saberlo. Los eventos masivos y el movimiento de personas entre países y comunidades pueden, por lo tanto, facilitar la importación y posterior propagación del virus.

“Cualquier persona que tenga previsto asistir a un evento masivo debería comprobar que está protegida contra el sarampión”, señaló el doctor Daniel Salas, Gerente Ejecutivo del Programa Especial de Inmunización Integral de la OPS. “Incluso quienes viajan dentro de su propio país pueden estar expuestos cuando se reúnen grandes cantidades de personas procedentes de distintas zonas. Las personas de 6 meses o más que no tengan evidencia de vacunación deberían recibir una dosis de la vacuna contra el sarampión y la rubéola antes de viajar o asistir al evento, preferiblemente al menos dos semanas antes”.

La vacunación sigue siendo la principal protección

La cobertura regional alcanzó el 88 % para la primera dosis de la vacuna SRP y el 85 % para la segunda dosis en 2025, por debajo del 95 % necesario para prevenir brotes. La persistencia de coberturas insuficientes ha aumentado el número de personas susceptibles al sarampión y ha generado focos de población susceptible en distintas zonas de la región.

Estas brechas responden a varios factores, entre ellos los rezagos en la inmunización acumulados durante la pandemia de COVID-19, la reticencia a la vacunación en algunas comunidades, dificultades operativas para vacunar oportunamente y barreras de acceso a los servicios de salud, que afectan especialmente a pueblos indígenas, migrantes y poblaciones desplazadas.

Se estima que aproximadamente 1,6 millones de niños no recibieron ninguna dosis de la vacuna contra el sarampión en la región de las Américas durante 2025.

La OPS apoya a los países para fortalecer la preparación

La OPS trabaja con los países de la región para fortalecer la vacunación, la vigilancia y la respuesta a los brotes. En América del Sur, la Organización está apoyando la preparación ante próximos eventos masivos que se prevé generen una importante movilidad de personas a nivel nacional e internacional.

La OPS también apoya la vigilancia de laboratorio y el monitoreo genómico en toda la región, mientras brinda cooperación técnica a los países afectados para fortalecer la vacunación, el seguimiento de contactos y la respuesta a los brotes.

Cerrar las brechas de vacunación

El sarampión puede causar enfermedad grave y complicaciones a cualquier edad, y los lactantes y los adultos tienen mayor riesgo de desarrollar formas graves de la enfermedad y de morir. Los niños menores de 5 años y las poblaciones en situación de vulnerabilidad han sido afectados de manera desproporcionada durante los brotes recientes en la región, y factores como la malnutrición y las barreras de acceso oportuno a los servicios de salud pueden aumentar el riesgo de complicaciones y desenlaces fatales.

Ante la persistencia de brotes activos y la proximidad de eventos masivos, la OPS insta a los países a aprovechar todas las oportunidades para facilitar el acceso a la vacunación de las personas que no están protegidas contra el sarampión, al tiempo que fortalecen la vigilancia y mantienen la capacidad para detectar y responder rápidamente a los casos.

Acceda al último reporte epidemiológico desde aquí (Informe Regional No 13, 8 de octubre de 2026).

La OMS publica las primeras directrices mundiales sobre obesidad en niños y adolescentes

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha publicado hoy las primeras directrices que abordan el acusado aumento de la obesidad entre niños y adolescentes, y en las que se establece de qué modo los sistemas y trabajadores de la salud pueden prestar una atención oportuna, basada en la evidencia y centrada en las personas.

En 2024, 170 millones de niños y adolescentes de  5 a 19 años vivían con obesidad, cifra que incluía 70 millones de niños de 5 a 9 años y 100 millones de adolescentes de 10 a 19 años. La prevalencia de la obesidad en este grupo de edad se ha cuadruplicado desde 1990, al aumentar del 2 % al 8 %.

La obesidad es una enfermedad crónica y recurrente que puede gestionarse con una atención eficaz. Sus consecuencias pueden comenzar en las fases iniciales de la vida y aumentar el riesgo de enfermedades no transmisibles, en particular diabetes de tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. Los niños y adolescentes que viven con obesidad también pueden sufrir estigmatización, discriminación y acoso escolar.

Prevenir y gestionar la obesidad es esencial para proteger la salud física y mental de los niños y los adolescentes, y apoyar su crecimiento saludable, educación, bienestar social y calidad de vida.

Para niños y adolescentes con obesidad, la OMS recomienda firmemente intervenciones estructuradas de alimentación, actividad física y cambio conductual, impartidas individualmente o como parte de un programa multimodal. Las intervenciones de salud digital se recomiendan condicionalmente con supervisión de progenitores o cuidadores.

La OMS no recomienda tratamiento farmacológico, cirugía bariátrica (cirugía para perder peso que altera el estómago o el tubo digestivo) ni dispositivos de pérdida de peso en niños de 0 a 9 años.

Para adolescentes de 10 a 19 años, puede considerarse ofrecer tratamiento con medicamentos aprobados solo cuando no se hayan logrado los resultados deseados con un programa de estilo de vida multimodal supervisado. Puede considerarse la posibilidad de cirugía bariátrica bajo condiciones estrictas en adolescentes con obesidad grave.

«La base de la atención de la obesidad en niños y adolescentes no es la medicina ni la cirugía, sino el acceso a apoyo integral que propicie una alimentación saludable, actividad física y un cambio conductual sostenible », señaló la Dra. Luz María de Regil, Directora del Departamento de Nutrición e Inocuidad de los Alimentos de la OMS. «Nuestra prioridad debe ser garantizar que cada niño y adolescente pueda acceder a atención de calidad y entornos de apoyo desde una edad temprana, ayudarles a alcanzar y mantener un peso saludable y sentar las bases de la salud y el bienestar para toda la vida».

Aunque no es el tema principal de las directrices, las recomendaciones también subrayan la importancia de abordar la salud mental junto con la obesidad. La ansiedad, la depresión, la baja autoestima y la desregulación emocional pueden contribuir a conductas alimentarias malsanas, inactividad física y aislamiento social, y los niños y adolescentes que viven con obesidad pueden sufrir estigmatización y acoso que perjudican su bienestar emocional.

Los trabajadores de la salud deberían abordar tanto la obesidad como las afecciones de salud mental de forma temprana y conjunta, utilizando estrategias inclusivas, adecuadas al desarrollo del niño y con colaboración de la familia.

En las directrices se recalca que la gestión de la obesidad debería ir más allá de la pérdida de peso y tener por fin mejorar la salud, el funcionamiento diario y el bienestar. La atención debería centrarse en la persona, adaptarse a la edad y responder a las necesidades de cada niño y familia, además de garantizar seguimiento y continuidad a largo plazo.

El aumento de la obesidad no puede revertirse solo con tratamiento. La OMS sigue insistiendo en la instauración de políticas y medidas para que la alimentación saludable y la actividad física sean más accesibles y asequibles, en particular medidas regulatorias y fiscales y acciones en educación, planificación urbana, transporte y protección social.

Junto con las recomendaciones  existentes de la OMS para adultos, estas nuevas directrices forman parte de un enfoque para la atención de la obesidad a lo largo de la vida, al ofrecer recomendaciones basadas en la evidencia para la gestión y el tratamiento de la obesidad desde la infancia y la adolescencia hasta la edad adulta. Las directrices son parte de la respuesta general de la OMS a la epidemia mundial de obesidad, que incluye el plan de aceleración de la OMS para poner fin a la obesidad.

Descargue las recomendaciones:

Las algas que buscan la luz nos proporcionaron un interruptor para las células nerviosas

El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 se otorga por la optogenética, un método que permite demostrar cómo las células nerviosas influyen en la memoria, las emociones y el comportamiento en el cerebro vivo.

Peter Hegemann y Georg Nagel descubrieron una proteína extraordinaria, la canalrodopsina, en un alga unicelular. Karl Deisseroth transformó esta proteína en un interruptor activado por luz para las células nerviosas. Los galardonados han sentado las bases de una nueva era en la neurociencia.

Durante mucho tiempo, el funcionamiento del cerebro como motor de las emociones, los comportamientos y las funciones corporales ha sido un misterio. En el siglo XX, los investigadores comenzaron a estudiar qué áreas del cerebro influyen en qué funciones, pero los métodos disponibles en aquel momento les impedían demostrar relaciones causales. La imagen que se formaron del cerebro era como un mapa conceptual, lleno de interrogantes e incógnitas. Ahora, todo esto está cambiando.

“La optogenética ofrece oportunidades para mapear el cerebro de una manera que antes solo podíamos soñar”, afirma Per Svenningsson, presidente del Comité Nobel de Fisiología o Medicina.

Todo comenzó con la curiosidad de Peter Hegemann. Se preguntaba cómo las Chlamydomonas, un género de algas unicelulares flageladas, eran capaces de nadar hacia una fuente de luz. A principios de la década de 2000, él y Georg Nagel descubrieron la canalrodopsina, una proteína propia de las algas con propiedades únicas, que se encuentra en la superficie de la célula. Cuando se ilumina con luz azul, se abre un canal a través de la proteína y los iones cargados fluyen entonces hacia el interior de la célula, creando un impulso eléctrico. Descubrieron que, independientemente de la célula en la que introdujeran la proteína, estas se volvían sensibles a la luz.

Karl Deisseroth introdujo el gen de esta proteína en un cultivo de células nerviosas de ratas. Al iluminar las células con luz azul, logró activar una señal nerviosa. Publicó este descubrimiento en 2005. Dos años después, consiguió que este mecanismo de activación de las células nerviosas mediante luz funcionara en el cerebro de ratones vivos.

Este método para controlar las señales nerviosas mediante la luz se denomina ahora optogenética y ha alcanzado rápidamente un gran impacto a nivel mundial. Gracias a ella, los investigadores han podido descubrir circuitos neuronales que rigen recuerdos, sentimientos y comportamientos específicos relevantes para trastornos neurológicos y psiquiátricos. En medicina clínica, los investigadores están utilizando este método para intentar restaurar la visión en personas con discapacidad visual.

La optogenética ha transformado radicalmente nuestra comprensión del cerebro. Cada día surgen nuevos descubrimientos que ayudan a resolver uno de los grandes misterios de la humanidad: cómo funciona nuestro increíble cerebro.

Vea también:

Ministros de Salud aprueban nueva estrategia regional para prevenir y controlar el dengue y otras enfermedades arbovirales en las Américas

Los Estados Miembros de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) aprobaron un marco regional común destinado a fortalecer la vigilancia, la prevención, la preparación y la respuesta integrada frente al dengue y otras enfermedades arbovirales en las Américas durante la próxima década.

El documento, adoptado durante el 63.º Consejo Directivo de la OPS, establece una hoja de ruta regional para ayudar a los países a enfrentar un escenario de creciente complejidad epidemiológica marcado por epidemias de mayor magnitud, circulación simultánea de múltiples arbovirus y expansión geográfica de los vectores.

Su aprobación se produce tras una década marcada por epidemias cada vez más frecuentes y extensas. En 2024, la región de las Américas registró más de 13 millones de casos de dengue y más de 8.400 muertes, la mayor epidemia documentada hasta la fecha.

En los últimos años la región también ha enfrentado importantes brotes de chikunguña, la expansión geográfica de Oropouche fuera de sus áreas tradicionales de transmisión y un aumento de casos de fiebre amarilla en nuevas zonas geográficas.

La circulación simultánea de múltiples arbovirus, junto con factores climáticos, ambientales, sociales y de movilidad poblacional, pone de relieve la necesidad de fortalecer las capacidades de vigilancia, laboratorio, atención clínica, control vectorial, comunicación de riesgo, participación comunitaria y preparación epidémica de los países.

“La magnitud alcanzada por el dengue y otras enfermedades arbovirales exige que los países refuercen su capacidad para anticipar riesgos, actuar tempranamente y proteger a las poblaciones más vulnerables”, afirmó el Director de la OPS, doctor Jarbas Barbosa. “Esta estrategia ofrece una hoja de ruta común para que los países fortalezcan sus sistemas de vigilancia, sus servicios de salud y su capacidad de respuesta integrada frente a epidemias que son cada vez más frecuentes y complejas”, añadió.

La estrategia establece cuatro líneas de acción prioritarias orientadas a fortalecer la gestión integrada del riesgo arboviral, mejorar la vigilancia epidemiológica, entomológica y virológica, reforzar la capacidad de los sistemas de salud para la detección temprana y la atención clínica, y modernizar el manejo integrado de vectores mediante enfoques más sostenibles e innovadores.

Uno de los principales objetivos de la estrategia es ayudar a los países a pasar de respuestas predominantemente reactivas a enfoques más anticipatorios y territoriales. Para ello, promueve la integración de datos epidemiológicos, entomológicos, virológicos y de laboratorio con el fin de fortalecer los sistemas de alerta temprana, mejorar la evaluación de riesgos y facilitar una toma de decisiones más oportuna frente a brotes y epidemias.

“La estrategia incorpora las lecciones aprendidas durante la última década y nuevas herramientas para fortalecer la vigilancia colaborativa y mejorar la coordinación entre vigilancia, laboratorios, servicios de salud y control vectorial. Esto permitirá a los países actuar de forma más temprana, integrada y efectiva frente a amenazas emergentes”, señaló Sylvain Aldighieri, Director del Departamento de Prevención, Control y Eliminación de Enfermedades Transmisibles de la OPS.

La estrategia también incorpora tecnologías innovadoras de control vectorial, como el uso de mosquitos con la bacteria Wolbachia, que reduce su capacidad para transmitir virus, y la liberación de mosquitos irradiados. Asimismo, fortalece la vigilancia colaborativa, el uso de herramientas digitales y el enfoque de Una Sola Salud, que reconoce la interconexión entre la salud humana, animal y ambiental.

La OPS brindará cooperación técnica a los países y territorios de la región para apoyar la implementación de la estrategia regional aprobada por los Estados Miembros, utilizando la Estrategia de Gestión Integrada para la Prevención y el Control de las Enfermedades Arbovirales (EGI-Arbovirus) 2026-2035 como marco técnico y metodológico de referencia, y dará seguimiento a los avances mediante informes regionales programados para 2031 y 2036. [Washington, D.C., 1 de octubre de 2026]

Salud mental en Cuba: escuchar, acompañar y cuidar la dignidad de las personas

Cada 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental constituye una oportunidad para reflexionar sobre la importancia del bienestar psicológico, promover la eliminación de prejuicios y reafirmar que cuidar la salud mental es parte inseparable del cuidado de la vida. En el contexto cubano actual, este propósito adquiere especial relevancia ante la necesidad de fortalecer las redes de apoyo, reconocer las distintas formas de sufrimiento emocional y garantizar una atención oportuna, integral y humanizada.

De acuerdo con la información compartida por la Dirección Nacional de Posgrado del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), la salud mental no se limita a la ausencia de trastornos. Es un estado dinámico de bienestar que permite desarrollar capacidades, afrontar las tensiones cotidianas, establecer relaciones satisfactorias, aprender, trabajar y participar activamente en la comunidad.

La salud mental también implica reconocer que no es necesario sentirse feliz en todo momento. La tristeza, la incertidumbre, el miedo y la frustración forman parte de la experiencia humana. Sin embargo, cuando el malestar persiste, se intensifica o interfiere de manera significativa con la vida cotidiana, resulta importante buscar orientación y valoración profesional.

Escuchar a las personas, transformar la atención

La campaña de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para 2026 destaca la participación de las personas con experiencia vivida de problemas de salud mental. Sus testimonios, necesidades y propuestas deben contribuir a las políticas públicas, la organización de los servicios y las decisiones que inciden en sus vidas.

Este enfoque invita a superar las prácticas que reducen a las personas a un diagnóstico y a reconocerlas como protagonistas de sus procesos de recuperación. Escuchar significa respetar sus decisiones, proteger su dignidad, favorecer su autonomía y ofrecer oportunidades reales para recuperar capacidades, fortalecer vínculos y desarrollar proyectos de vida.

En Cuba, avanzar en esa dirección supone continuar fortaleciendo la integración de los servicios de salud mental con la atención primaria, la coordinación entre medicina familiar, psicología, psiquiatría, enfermería y trabajo social, así como el acompañamiento a las familias y los cuidadores. También requiere prestar atención a las diferencias territoriales, las necesidades de los grupos vulnerables y las condiciones sociales que pueden incrementar el sufrimiento psicológico.

Comprender para prevenir y atender a tiempo

Los problemas de salud mental tienen causas diversas y, por lo general, resultan de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Las experiencias adversas, las enfermedades físicas, las condiciones de vida, las dificultades en las relaciones interpersonales y la exposición prolongada al estrés pueden influir en el bienestar emocional.

Entre los problemas más frecuentes se encuentran los trastornos de ansiedad, la depresión y las alteraciones del sueño. También requieren atención los trastornos relacionados con el consumo de sustancias, el estrés postraumático, el trastorno obsesivo-compulsivo, el trastorno bipolar, los trastornos psicóticos y los de la conducta alimentaria.

Cada condición presenta características específicas y necesita una evaluación adecuada. La depresión no es una debilidad de carácter; la ansiedad no siempre se supera con fuerza de voluntad, y un diagnóstico de trastorno mental no define la identidad ni anula las capacidades de una persona.

Asimismo, el estrés, la tristeza y el duelo no constituyen por sí mismos enfermedades mentales. Su comprensión exige tener en cuenta el contexto, la intensidad, la duración y las consecuencias del malestar, sin minimizar el sufrimiento ni convertir automáticamente las reacciones humanas ante las dificultades en trastornos clínicos.

La detección temprana, el acceso a tratamientos basados en la evidencia y la continuidad de los cuidados favorecen mejores resultados. La psicoterapia, los medicamentos cuando están indicados, el apoyo familiar y las intervenciones comunitarias pueden contribuir a la recuperación, según las necesidades de cada persona.

El bienestar se construye también en la vida cotidiana

La protección de la salud mental requiere acciones individuales y colectivas. Dormir adecuadamente, mantener una alimentación suficiente y variada, realizar actividad física de acuerdo con las posibilidades personales, cultivar relaciones de confianza y reservar tiempo para el descanso y las actividades significativas son prácticas que favorecen el bienestar.

También resulta importante reconocer las emociones, aprender a resolver problemas, establecer límites ante la sobrecarga y pedir ayuda antes de llegar a situaciones de desbordamiento. Evitar el consumo de alcohol y otras sustancias como forma de afrontar el malestar contribuye a reducir riesgos.

En los centros de trabajo y estudio, promover ambientes respetuosos, prevenir el acoso y la violencia, distribuir las responsabilidades de manera justa y favorecer pausas de recuperación constituye una parte esencial de la prevención. En particular, el agotamiento profesional merece atención en sectores sometidos a demandas sostenidas, como la salud y la educación, donde el cuidado de quienes cuidan también debe ser una prioridad.

Las familias, las escuelas, las comunidades y las instituciones pueden contribuir mediante la escucha, el acompañamiento y la creación de espacios seguros e inclusivos. Acompañar a alguien que atraviesa una situación difícil no significa juzgarlo ni exigirle optimismo, sino reconocer su sufrimiento y ofrecer apoyo concreto.

Atención comunitaria, derechos y oportunidades de recuperación

Entre los desafíos contemporáneos figuran las barreras para acceder a los servicios, el estigma, la discontinuidad de los tratamientos y las desigualdades en las posibilidades de atención. A ello se suman situaciones de vulnerabilidad social, violencia, aislamiento y sobrecarga emocional que pueden afectar el bienestar de las personas.

Por eso, la promoción de la salud mental debe ir más allá de las recomendaciones individuales. Necesita servicios accesibles, profesionales preparados, coordinación entre los diferentes niveles de atención y acciones preventivas desde la infancia. También requiere proteger los derechos humanos, facilitar la participación social y crear oportunidades educativas, laborales y comunitarias para las personas con problemas de salud mental.

La rehabilitación psicosocial y el acompañamiento continuado permiten trabajar no solo en la reducción de los síntomas, sino también en la recuperación de la autonomía, los vínculos y la calidad de vida. El objetivo es que cada persona pueda participar en la sociedad sin discriminación y desarrollar sus capacidades en condiciones de respeto y dignidad.

Cuando la tristeza, la ansiedad, el insomnio o los cambios de conducta persisten, empeoran o afectan el funcionamiento cotidiano, es recomendable solicitar una valoración profesional. Ante expresiones de intención suicida, un plan para hacerse daño o una situación de peligro inmediato, se debe procurar acompañamiento seguro y atención urgente.

Una responsabilidad compartida

El Día Mundial de la Salud Mental deviene tener en cuenta que el bienestar psicológico no depende exclusivamente de la voluntad individual. Se construye mediante el cuidado personal, los vínculos protectores, la atención sanitaria oportuna y las condiciones sociales que permiten vivir con seguridad, participar y desarrollar proyectos de vida.

En Cuba, fortalecer una cultura de cuidado implica escuchar sin prejuicios, acompañar sin culpabilizar y promover servicios cada vez más integrales, accesibles y centrados en las personas. También significa reconocer que la recuperación es un proceso individual, que puede avanzar incluso cuando persisten algunos síntomas, y que contar con apoyo puede marcar una diferencia decisiva.

Enaltecer la salud mental es reconocer el valor de cada persona, aliviar el sufrimiento con conocimiento y humanidad y convertir el respeto en una práctica cotidiana. En este 10 de octubre, el llamado es a escuchar las voces de quienes viven estas experiencias, fortalecer las redes de apoyo y asumir, desde cada espacio de la sociedad, el compromiso de cuidar la vida y la dignidad humana.

Por: Mylenys Torres Labrada

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