Dra. Abdulay: cuando el nombre llega primero que el destino

Responsable: Mirta Núñez Gudás

Dpto. Servicios Especiales de Información

La doctora Abdulay Lobaina Ortiz llegó a Arabia Saudita en mayo de 2017 sin imaginar que el mayor desafío no sería la cirugía, sino aprender a pertenecer sin invadir.

Venía del Hospital General Docente “Dr. Agostinho Neto” de Guantánamo, donde se formó como cirujana. Venía de otra geografía médica, de otra manera de entender la urgencia. Con un nombre que, sin saberlo entonces, ya sabía pronunciarse en otra lengua.

Llegó a un hospital materno-infantil en la capital saudita, donde nacen alrededor de treinta niños cada día y donde cada gesto posee un código invisible.

Llegó como parte de la tercera brigada médica cubana en ese país.

La institución tiene cuatro décadas de historia. Allí trabajan cirujanos sirios, egipcios, pakistaníes, sauditas… un sistema multinacional donde el idioma común no es la lengua, sino la precisión.

Los primeros tres meses fueron una prueba silenciosa. La miraban siempre. Revisaban sus notas. Seguían sus decisiones. No por desconfianza personal, sino por costumbre institucional: la confianza allí también tiene su propio proceso.

Era mujer. Era extranjera. No hablaba árabe. Y su formación inicial no era pediátrica.

Con el tiempo, dejaron de verla como una novedad y comenzaron a verla como una certeza. Y entonces dejó de observada para ser integrada.

Hoy, su jornada comienza a las siete de la mañana con la entrega de guardia. Luego llegan las rondas, las consultas, los salones, las urgencias. Hasta las cuatro de la tarde, el hospital funciona como una maquinaria donde la vida se abre paso entre decisiones rápidas y manos entrenadas. Pero su historia no se entiende únicamente desde la técnica.

En ese país, donde la cultura y la religión ordenan incluso los movimientos más pequeños, la doctora Abdulay aprendió algo que no aparece en los libros. Y ahí comenzó su verdadera adaptación. Sin imposición. Sin ruptura.

Aprendió a modular la voz. A contener los gestos. A moverse con discreción en un entorno donde la sobriedad no es una elección estética, sino una norma social.

Incorporó los códigos de vestimenta —como el hiyab y la abaya— como un gesto consciente de confianza y armonía con las familias que atendía.

Fue su manera de decir, sin palabras: «Estoy aquí sin invadir».

En el servicio atiende especialmente a niñas mayores de nueve años, que solo se sienten seguras siendo examinadas por una mujer. Pero antes de Arabia Saudita hubo otro mundo. Haití.

Durante el terremoto de 2010, trabajó en uno de los escenarios más duros que puede enfrentar un profesional de la salud. Un país devastado, sin estructura suficiente, donde la medicina era una reconstrucción diaria.

Operaron en condiciones extremas. Inauguraron un centro de salud que aún no estaba terminado. Pintaron paredes, instalaron equipos y comenzaron desde cero. Y cuando aquel lugar empezó a funcionar, la gente llegaba desde lejos porque circulaba una noticia sencilla y poderosa: allí operaban médicos cubanos sin cobrar.

Haití fue su escuela de lo esencial. Arabia Saudita fue su escuela de lo invisible.

A veces la vida le devuelve imágenes que no espera, como aquella niña que insistió en que su madre pasara por cirugía para preguntar por la doctora Lubiana (como pronuncian su apellido, adaptándolo a la fonética local), la médica que le había salvado la vida de una peritonitis. Sus pacientes suelen decirle que saben que Cuba es un país pequeño, bloqueado y con muchas limitaciones, pero que conocen el prestigio de sus profesionales de la salud.

De acá, y especialmente de Guantánamo, lo extraña todo: su hospital, su familia, sus compañeros de trabajo y amigos, y por encima de todo, su hija.

Una hija que comenzó a estudiar Medicina y a quien siempre exhorta a esforzarse, a ser responsable y a amar una profesión que considera la más humana y solidaria que existe.

Porque después de tantos años, países e historias, la doctora Abdulay entiende que no se trata únicamente de operar cuerpos, sino de aprender el idioma más difícil de todos: el del respeto sin pérdida de identidad.

Un respeto que no se impone ni se disfraza, sino que se vuelve casi invisible, como un nombre que un día parecía prestado y ha terminado siendo destino.

Por Mylenys Torres Labrada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  • Categorías de anuncio

    open all | close all
  • Categorías de aviso

  • Categorías de editoriales

  • Categorías de entrevista

  • Categorías de informes y sello

    open all | close all
  • Categorías sello – entidades

    open all | close all
  • Categorías de Noticia

    open all | close all
  • Secciones de noticias

    open all | close all
  • Archivo Anuncios

  • Archivo Avisos

    • Archivo Editoriales

      • Archivo Entrevistas

        • Archivo Informe y sello

        • Archivo Nota Oficial

          • Archivo Noticias

          • Archivo Obituarios

            • Actualidad

            • Salud es el Tema