
En los pasillos del Instituto de HematologÃÂa e InmunologÃÂa -institución que lleva el nombre del legendario doctor José Manuel Ballester Santovenia-, la ciencia y la vocación se entrelazan con la vida cotidiana de pacientes que llegan desde todos los rincones de Cuba. AllÃÂ, donde el rigor académico se funde con la sensibilidad humana, la Dra. Kalia Lavaut Sánchez ha construido un legado silencioso pero profundo durante más de veinticinco años.
Especialista de primer y segundo grado en Genética Médica, Investigadora Auxiliar, y jefa del Departamento de BiologÃÂa Molecular, Citogenética e InmunohematologÃÂa, la doctora Lavaut ha dedicado su quehacer a un propósito tan preciso como humanitario: descifrar el código genético de las leucemias para ofrecer a los pacientes un diagnóstico certero, un pronóstico confiable y, con ello, la posibilidad de un tratamiento más especÃÂfico y eficaz.
Su departamento -el único en Cuba que realiza la técnica de FISH (hibridación in situ fluorescente) para el diagnóstico de alteraciones citogenéticas moleculares en neoplasias hematológicas- recibe muestras de médula ósea desde Pinar del RÃÂo hasta las provincias orientales, incluyendo la Isla de la Juventud. AllÃÂ, en ese espacio de microscopios y reactivos, la doctora Lavaut y su equipo no solo generan resultados; generan certezas en medio de la incertidumbre que toda enfermedad grave impone.
Cada alteración cromosómica identificada, cada marcador molecular detectado, se traduce en una pieza del rompecabezas clÃÂnico:
– ¿Es una leucemia de bajo, intermedio o alto riesgo?
– ¿Requiere el paciente un tratamiento estándar o uno más agresivo?
– ¿Ha desaparecido la alteración genética tras la terapia?
Preguntas cuyas respuestas, en muchos casos, dependen del trabajo silencioso pero indispensable de este laboratorio.
Su trayectoria no es solo la suma de años y publicaciones. Es, ante todo, una historia de vocación sostenida en medio de las adversidades. Cuando se le pregunta por qué, en un contexto de emigración creciente de profesionales y de salarios insuficientes, ha permanecido fiel a su puesto durante más de dos décadas, su respuesta es tan sincera como conmovedora: «Me gusta muchÃÂsimo lo que hago. Siempre siento aquella responsabilidad hacia el paciente: si no hacemos esto, ¿qué puede pasar con el paciente?».
Esa respuesta, formulada en voz baja, pero con la fuerza de una convicción profunda, revela el núcleo ético de su quehacer. Lavaut no se concibe fuera de ese laboratorio, fuera de esa relación mediada por los cromosomas y los genes, pero orientada siempre hacia la persona que espera un diagnóstico.
Incluso confiesa que, aunque el trabajo de laboratorio la mantiene alejada del contacto directo con los enfermos, hay momentos en que esa distancia se rompe: cuando acude a realizar una extracción de médula ósea y reconoce el rostro detrás de una orden de análisis; cuando, en la consulta de Genética ClÃÂnica, atiende a pacientes con enfermedad de Gaucher -una rara patologÃÂa de depósito lisosomal- y establece con ellos vÃÂnculos de empatÃÂa y afectividad que trascienden lo profesional. «Cuando sucede algo -dice con honestidad- es desgarrador para uno como persona, a pesar de ser médico».
La vocación clÃÂnica de la doctora Lavaut se complementa con una sólida producción cientÃÂfica, verificada en publicaciones de la Revista Cubana de HematologÃÂa, InmunologÃÂa y Hemoterapia entre 2010 y 2024. Su trabajo más reciente -«Tratamiento de reemplazo enzimático en pacientes cubanos con enfermedad de Gaucher. Experiencia de 15 años» (2024)-, del cual es autora principal, evalúa a ocho pacientes cubanos con esta enfermedad. El estudio confirma que la terapia de reemplazo enzimático mejora la calidad de vida y disminuye la morbilidad, con mejores resultados cuando se inicia en la edad pediátrica.
Otras publicaciones relevantes incluyen:
- «Experiencia cubana en la terapia de reemplazo enzimático en la Enfermedad de Gaucher» (2015)
- «Aspectos clÃÂnicos, bioquÃÂmicos, moleculares y tratamiento de 2 pacientes con enfermedad de Gaucher» (2010)
Estos trabajos, muchos de ellos en coautorÃÂa con algunos de los «consagrados» que ella misma evoca con admiración -el doctor Alejandro González Otero, la doctora Eva Svarch, el doctor Sergio MachÃÂn GarcÃÂa-, evidencian más de una década de trabajo continuo y consolidan a esta profesional como un referente en la genética clÃÂnica y la hematologÃÂa cubanas.
La conversación deriva hacia los desafÃÂos de la institución y, con inevitable nostalgia, hacia aquellos que forjaron el Instituto de HematologÃÂa e InmunologÃÂa. Nombra con respeto y admiración al doctor Ballester -«toda una personalidad en cuanto a rigor, sensibilidad y respeto»-, al doctor Porfirio Hernández -«toda una ciencia, siempre batallando porque hiciéramos protocolos de investigación»-, a la doctora Eva, al doctor Alejandro, a la doctora Andrea Menéndez VeitÃÂa, al doctor Sergio MachÃÂn, al doctor Edgardo Espinosa. Hombres y mujeres que, desde la cátedra y la clÃÂnica, transmitieron no solo conocimientos, sino una manera de entender la medicina como vocación y como servicio.
De ellos, dice, aprendió que la ciencia y la humanidad no están reñidas, que el rigor académico y la sensibilidad hacia el paciente pueden y deben coexistir.
Lavaut no elude el tema de las carencias materiales -«la mayor afectación que tenemos nosotros es en lo material»-, pero su tono se transforma cuando habla de la calidad humana que pervive en el Instituto: «Casi ningún laboratorio se queda con las manos cruzadas ante una dificultad. Siempre se trata de buscar soluciones».
Esa capacidad de resistencia, de ingenio y de compromiso colectivo es, a sus ojos, el verdadero patrimonio de la institución. Y, sin embargo, su mirada no se ancla en el pasado. Con esperanza contenida, reconoce en las nuevas generaciones de hematólogos -jóvenes talentos que se forman en el Instituto- la continuidad de ese legado.
«Se están formando jóvenes con mucho talento, jóvenes que están para acá, para los laboratorios, y eso es una unión entre la hematologÃÂa clÃÂnica y la parte del laboratorio». A pesar de las dificultades materiales, percibe en ellos la misma chispa que motivaba a sus maestros: el deseo de saber, de investigar, de no rendirse.
Cuando se le pregunta por el futuro, su respuesta es mesurada, casi ÃÂntima: «Yo desearÃÂa que fuera mucho mejor, realmente mucho mejor, y esperemos que sea mucho mejor». No hay grandilocuencia en sus palabras, sino una fe trabajada en el dÃÂa a dÃÂa, en la entrega a un oficio que no entiende de jornadas ni de reconocimientos.
En esa intersección entre lo personal y lo profesional, entre la ciencia y la humanidad, reside la grandeza silenciosa de su vida entregada a la genética, a la hematologÃÂa y, sobre todo, a los pacientes que, desde cualquier rincón de Cuba, esperan su diagnóstico.
Foto: Naturaleza Secreta.



