
La palabra llegó antes que la historia. Jarama. Así dicen “gracias” en idioma fula, una lengua que se habla en gran parte de África y que, en Gambia, circula como una moneda silenciosa entre quienes han aprendido a agradecer con el cuerpo entero.
La doctora Esmeralda Fernández Gómez la escuchó por primera vez una mañana en la que los cuarenta grados se instalaban sobre Bansang —una región a 267 kilómetros de Banjul, la capital— con la obstinación de quien no piensa moverse en todo el día. Desde entonces, Jarama se le quedó viviendo en la memoria como una casa a la que siempre se vuelve.
Ella y su esposo, Yohanny Ledesma, llegaron a Gambia con la idea modesta de cumplir una misión y la certeza ingenua de que los libros los habían preparado para casi todo. Tres años después saben que no es verdad. En Bansang se convierten en los únicos cirujanos. No porque lo elijan, sino porque así lo decide la realidad, que en estos lugares manda sin pedir permiso.
El hospital general respira como un organismo cansado. Hasta allí acuden pacientes de aldeas cercanas y de centros de salud dispersos como islas.
Las urgencias no respetan horarios ni cansancio: peritonitis secundarias que arden por dentro, vientres llenos de sangre tras accidentes en carreteras imposibles, hemoperitoneos traumáticos, hernias antiguas que parecen haber crecido junto con la resignación de quienes las cargan. Las emergencias quirúrgicas son casi diarias; a veces, más de una en la misma jornada.
Son los únicos cirujanos de la zona. Están de guardia localizable todos los días, dan consulta, realizan cirugías electivas y enfrentan lo impostergable. Cubren urgencias de urología, cirugía pediátrica, neurotraumas, quemados, traumas maxilofaciales. El protocolo no está escrito: son ellos. Sus manos. Su memoria. Su capacidad de decidir cuando apenas hay más recursos que la experiencia, la ética y la responsabilidad de no fallar.
Las mujeres llegan tarde, casi siempre. Traen en el cuello un crecimiento silencioso que ha aprendido a convivir con ellas durante años. El bocio es una presencia conocida, tolerada, aceptada como se aceptan las desgracias que no siempre se nombran. La pobreza, la cultura y la fe enseñan a esperar; la dificultad para acceder a estudios y medios diagnósticos, marcada por bajos recursos económicos, retrasa la llegada al hospital. Cuando por fin cruzan la puerta, Esmeralda y Yohanny las miran con la serenidad de quien sabe que todavía hay tiempo. Si el cuerpo resiste, la cirugía se impone como un acto de restitución: devolverle al cuello el espacio que la vida le ha ido quitando.
Hablar con los pacientes es otra forma de cirugía. Las palabras viajan de un idioma a otro como si cruzaran ríos invisibles: mandinga, fula, wolof, yola. La historia de una enfermedad pasa por intérpretes, enfermeros, miradas y silencios. Su principal intérprete, Cherno Jallow, domina los dialectos y traduce al inglés para ellos. Sin él, muchas palabras se perderían. Esmeralda y Yohanny aprenden frases sueltas, torpes, entrañables. Cuando las dicen, los pacientes ríen. No por burla, sino por gratitud. Entienden que el intento también cura.
A miles de kilómetros, Karla, su hija de siete años, aprende a leer y a escribir. A veces está celosa del país que se ha llevado a sus padres. Pregunta cuándo regresan. Ellos saben que esa espera también forma parte de la historia; que gracias a ella son capaces de resistir tanto calor, tanta guardia, tanta vida ajena puesta en sus manos. Pero Esmeralda no duda en decir que una y otra vez elegirían estar allí.
En Gambia, este matrimonio de cirujanos cubanos crece de golpe. Madura. Comprende que la medicina no siempre es una ciencia exacta, sino una mezcla de conocimiento, coraje y humanidad.
Y mientras, bajo un sol que no perdona, Jarama deja de ser solo una palabra. Para Esmeralda y Yohanny significa más que “gracias”: es reconocimiento, confianza, vida compartida. Es la certeza de que su presencia cambia la historia de cada paciente que cruza la puerta del hospital donde hoy cumplen misión internacionalista. Se vuelve costumbre. Y la costumbre, a fuerza de repetirse, empieza a parecerse a la magia.





Por: Mylenys Torres Labrada



