
La Mosquitia no aparece en los mapas como aparece en la vida. Se extiende por el oriente de Honduras, en el departamento de Gracias a Dios, y alcanza también un pedazo de Nicaragua; pero quienes la conocen saben que no se mide por kilómetros, sino por lo que cuesta llegar… entre selvas, ríos y lagunas, donde las carreteras son una promesa incumplida y las comunidades se alcanzan por avión o por lancha, si el tiempo lo permite.
Es un territorio mayoritariamente miskito, con lengua propia, con maneras antiguas de nombrar el mundo y un ritmo que no se deja apurar. También es una de las zonas con mayores carencias del país: aquí persisten enfermedades que en otros sitios ya no asustan —dengue, malaria, infecciones gastrointestinales— y trabajos que cobran el cuerpo como precio, sobre todo el de los buzos langosteros, muchos de ellos condenados a vivir con lesiones neurológicas comenzadas en el fondo del mar.
Pero la Mosquitia tiene memoria. Aquí el tiempo se partió en dos con el huracán Mitch, en 1998, cuando el agua arrasó caminos, casas y certezas. Después del desastre llegaron los médicos cubanos. Y algunos se quedaron para siempre en la historia del lugar.
Por eso hoy este es también un espacio marcado por la solidaridad cubana: brigadas médicas enviadas por Fidel Castro, jóvenes que fueron a estudiar a Cuba y regresaron convertidos en médicos formados en la ELAM, y una escuela que se llama República de Cuba, como si el nombre hubiera decidido echar raíces.
Dicho de otro modo, más breve y más cierto: es un lugar al que no se llega fácil, pero del que tampoco se sale igual.
Y es allí, específicamente en el municipio de Puerto Lempira, donde trabaja hoy la doctora Lleni Castillo Poll, especialista cubana en Medicina Física y Rehabilitación, integrante de la Brigada Médica Cubana en Honduras desde el 11 de marzo de 2024. En la localidad hay seis cooperantes de la isla.
—“Siempre nos dicen que somos diferentes —cuenta Lleni—. En el trato y en el conocimiento. Y todos son muy amables con nosotros”.
En el hospital de puerto Lempira trabaja como fisiatra y, al mismo tiempo, apoya la atención primaria como médica general integral. Cada quince días rota por el centro de febriles, donde atiende pacientes con dengue, malaria y otras fiebres que llegan sin avisar.
Lleni viene de Ciego de Ávila y tiene su historia:
En 2002 era directora del área de salud de Pedro Ballester, en el municipio Primero de Enero, cuando fue convocada a un encuentro en el Palacio de las Convenciones. Allí estaban los primeros profesionales del Programa del Médico y la Enfermera de la Familia. Al frente estaba Fidel. Explicó que tenía que ir ese mismo día a la Feria del Libro, pero aun así preguntó sin descanso: por los estudios realizados, por los policlínicos, por cada detalle del sistema. A Lleni le preguntó por la estructura del hospital y el número de camas.
—“Me temblaban las piernas —recuerda—. Porque él lo sabía todo. Era increíble”.
Aún conserva su risa. Apareció cuando leyó el menú del almuerzo y dijo, riéndose:
—“No crean que es un manjar; es picadillo de soya mejorado”.
Y se reía, con cariño.
En 2005, durante la Tribuna Antimperialista, Lleni volvió a encontrarse con él. Estaba en La Habana cursando el Diplomado en Medicina Física y Rehabilitación Haciendo Futuro, pensado para servir a la hermana República de Venezuela. Al terminar la jornada, Fidel salió de una cabina y comenzó a darles la mano uno a uno.
—“La suya era suave —dice Lleni—. Parecía de terciopelo”.
Después vinieron otros mapas: Venezuela, Arabia Saudita. Y ahora, la Mosquitia.
Aquí enfrenta una realidad dura: muchos buzos con lesiones de médula espinal, hombres jóvenes cuyos cuerpos se quedaron detenidos en el fondo del mar.
—“Mi objetivo es elevar la calidad de vida de esas personas con discapacidad —afirma—. Y lo he logrado. La conducta a seguir con cada paciente varía, obviamente, según lo que obtengamos en el interrogatorio y el examen físico. Si un buzo viene sin control de esfínter, uno trata de reeducar la vejiga y el intestino; si es con trastornos en la marcha, estabilizarla… etc.
Aquí la mayoría de la población se dedica a la pesca; muchos sin asegurarse de que tienen un entrenamiento adecuado y de que están lo suficientemente saludables. Tampoco las condiciones que ponen los dueños de los barcos son siempre las requeridas. Se sumergen a profundidades con escasa disponibilidad de oxígeno y, cuando suben demasiado rápido a la superficie, ocurre el síndrome de descompresión o la descompresión por buceo: se lesiona la médula y muchos terminan en sillas de ruedas. La población de buzos con discapacidad es bien elevada; por eso el Ministerio de Salud de Honduras solicitó la presencia aquí de dos fisiatras cubanas”.
Cuba tampoco se ha ido de Lleni. Realiza consultas en línea, orienta a diplomantes y atiende llamadas telefónicas de pacientes que siguen confiando en su voz como si la escucharan en la misma sala de rehabilitación de Pedro Ballester o en la de la cabecera municipal, lugares donde labora. La distancia, en su caso, es solo otra forma del vínculo.
La sostiene su familia: sus padres, su hija, su hermana, su cuñado y sus tías.
Pero mientras tanto, en la Mosquitia hondureña —donde la vida no suele ser fácil y el cuerpo aprende pronto sus límites—, ella trabaja porque la rehabilitación sea algo más que un acto médico.
Y en ese gesto cotidiano, persiste también una herencia: la de una isla pequeña que aprendió a llegar lejos, y la de un hombre inmenso que creyó que la solidaridad podía ser un camino.
En la Mosquitia la voluntad de Cuba se mantiene viva.








Excelente y Felicidades 👏 👍