El pasado martes 11 de noviembre el Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas (CNICM) presentó ante representantes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) una propuesta de proyectos.
Por la OPS Regional estuvieron presentes Juan Carlos Díaz, especialista en Salud digital, Infraestructura de datos y Telemedicina; y Víctor Rodríguez, de Salud digital, Campus Virtual de Salud y Asesoría de proyectos. Por OPS Cuba, participaron Lena López, especialista en Sistemas de servicios de salud y Roxana González, de Gestión de información y conocimientos.
El encuentro tuvo lugar a las 2:00 p.m. en la Biblioteca Médica Nacional.
Macroestudio confirma que millones de personas toman un fármaco contra el infarto sin necesitarlo
Pocas veces un estudio científico puede tener un impacto beneficioso en la vida diaria de tantos millones de personas, explican los cardiólogos Valentín Fuster y Borja Ibáñez. Hace un par de meses, su equipo presentó los resultados de un ensayo clínico con 8 500 voluntarios que mostró que los betabloqueantdores ―unos fármacos que se recetan de por vida tras un infarto desde hace décadas― “no aportan beneficio alguno” a la mayoría de estos pacientes, aquellos que mantienen su capacidad de bombeo del corazón. “Hablamos de decenas o cientos de millones de personas en el mundo, es una barbaridad”, resume Ibáñez, en una sala del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC). Sus conclusiones, sin embargo, se toparon con un cierto escepticismo. El número dos del Ministerio de Sanidad, el médico de familia Javier Padilla, llegó a afirmar que había “artículos contradictorios en este ámbito” e incluso criticó los cantos de sirena de hallazgos que pueden ser muy llamativos».
La controversia afecta a esos millones de personas que toman cada día uno o dos de estos comprimidos. Los betabloqueantes pueden salvarles la vida, si tienen arritmias, insuficiencia cardiaca crónica o disfunción del corazón. Estos fármacos hacen que sus vasos sanguíneos se dilaten, lo cual reduce su presión arterial y su frecuencia cardiaca, pero a menudo tienen efectos indeseados, como el cansancio constante y la disminución del deseo sexual. Solo hay que tomarlos si realmente hay un motivo médico. El equipo español anuncia este domingo nuevos resultados, esta vez “irrefutables”, según subraya Ibáñez, director científico del CNIC. Los autores han analizado los datos de cinco ensayos clínicos en ocho países, con casi 18 000 participantes, y han certificado su conclusión previa: los omnipresentes betabloqueantes no son necesarios en los pacientes que, tras sobrevivir a un infarto, conservan una correcta actividad contráctil de su corazón.
Valentín Fuster dirige el CNIC en Madrid y al mismo tiempo preside el Hospital Cardiaco Monte Sinaí Fuster de Nueva York. El célebre cardiólogo cuenta que él ya dejó hace una década de recetar betabloqueantes a sus pacientes con infarto no complicado. No fue una decisión fácil, explica. Fuster es discípulo de Desmond Julian, el médico británico que hace medio siglo impulsó el ambicioso ensayo clínico que demostró los beneficios de los betabloqueantes tras un infarto. La utilidad de estos fármacos, sin embargo, disminuyó a partir de 2005, cuando se generalizó la implantación de stents coronarios.
“Trabajé con Desmond Julian, así que viví muchísimo el desarrollo del concepto de los betabloqueantes. Durante unos años, era como el evangelio: tenías que dar betabloqueantes tras un infarto, sí o sí. Yo dejé de darlos hace 10 años, pero se me cuestionó mucho esto”, recuerda Fuster, nacido en Barcelona hace 82 años. Su equipo trabaja ahora para calcular el ahorro generado a la sanidad pública. Los betabloqueantes son medicamentos de la década de 1970 ya libres de patentes, como el bisoprolol, desarrollado por la farmacéutica Merck, y el metoprolol, vinculado históricamente a AstraZeneca.
El nuevo análisis incluye casi 18 000 voluntarios, sobre todo de España, Suecia, Noruega, Dinamarca, Italia y Japón. Todos habían sufrido un infarto, pero sin perder la capacidad de bombeo del corazón. La mitad de los pacientes recibió betabloqueantes y la otra mitad no. Tras casi cuatro años de seguimiento, los médicos observaron resultados similares en ambos grupos: alrededor del 8 % de los participantes sufrió un evento cardiovascular importante, ya fuera insuficiencia cardiaca, un nuevo infarto o incluso el fallecimiento. Tomar betabloqueantes o no tomarlos no cambió nada. “Estos datos son definitivos”, sentencia Fuster.
Su anterior estudio, bautizado REBOOT y realizado en un centenar de hospitales de España e Italia, obtuvo resultados inquietantes en las mujeres. Por cada 100 pacientes tratadas con betabloqueantes, hubo un desenlace de muerte, reinfarto u hospitalización atribuible a los propios fármacos, según explicaron entonces los autores. La publicación de la investigación hispanoitaliana coincidió con otro estudio similar, pero con menos pacientes, elaborado en Dinamarca y Noruega. Los resultados parecían contradictorios. El trabajo nórdico, con 5 600 voluntarios, sí había detectado que los betabloqueantes reducían ligeramente el riesgo de muerte o de un evento cardiovascular grave. Al analizar en conjunto todos los datos, el supuesto efecto beneficioso ha desaparecido. Y el posible impacto nocivo en algunas mujeres tampoco se considera ahora estadísticamente significativo.
La Sociedad Europea de Cardiología encargó en 2014 a Borja Ibáñez la elaboración de su guía de tratamiento del infarto de miocardio, un problema que cada año afecta a dos millones de personas en el continente, 70 000 de ellas en España. El cardiólogo cuenta que se encontró con una absoluta falta de evidencias sobre la eficacia actual de los betabloqueantes en los infartos no complicados, pese a que millones de personas los tomaban a diario. Así nació la idea de ponerlos a prueba. “El resultado es revolucionario”, señala Ibáñez, que entiende el escepticismo de hace dos meses. “El ser humano en general, y la comunidad médica no es diferente, tiene mucho miedo al cambio, pero entre las personas expertas en infarto estos datos no han sorprendido a nadie”, opina.
Ibáñez y Fuster vaticinan que habrá un cambio inmediato en las guías de tratamiento del ataque al corazón en todo el mundo. Entre los autores principales del nuevo estudio figuran la cardióloga danesa Eva Prescott, la japonesa Neiko Ozasa y el español Xavier Rosselló. El presidente de la Sociedad Española de Cardiología, Ignacio Fernández Lozano, también cree que este análisis internacional “zanja” las dudas. “Ahora el 70 % de los pacientes quedan sin muchas secuelas ni daños tras un infarto, con su función del corazón conservada, y no obtienen beneficios de los betabloqueantes, así que no hay por qué darlos”, resume. Este cardiólogo, del hospital público madrileño Puerta de Hierro Majadahonda, insiste en que nadie suspenda su tratamiento sin consultarlo antes con su médico.
El plan de acción conceptualiza varias áreas estratégicas en las que debe abordarse el statu quo. Estas incluyen elevar el nivel de prioridad de los trastornos neurológicos dentro de los sistemas de salud y fortalecer la gobernanza; proporcionar servicios eficaces, oportunos y resolutivos de diagnóstico, tratamiento y atención de salud; elaborar y aplicar estrategias de promoción y prevención; fomentar la investigación y la innovación al tiempo que se refuerzan los sistemas de información; y reforzar la respuesta a la epilepsia en clave de salud pública. Las diez metas mundiales ayudarán a medir los progresos hacia la consecución de los objetivos del plan de acción.
Cada año, los trastornos neurológicos, como los accidentes cerebrovasculares, la epilepsia y la demencia, causan la muerte a nueve millones de personas, lo que los convierte en una de las principales causas de mortalidad y discapacidad en el mundo. Las poblaciones marginadas y aquellas personas que viven en comunidades con sistemas de salud precarios son especialmente vulnerables. A la carga de morbilidad por trastornos neurológicos se añade la estigmatización y la discriminación, que pueden limitar las oportunidades en la vida, aumentar el riesgo de pobreza y dificultar el acceso a la atención de salud.
De hecho, muchos trastornos neurológicos se pueden prevenir, y se han logrado numerosos progresos en el ámbito de los tratamientos y la investigación. El Plan de Acción Mundial Intersectorial sobre la Epilepsia y Otros Trastornos Neurológicos, elaborado en el 2022 a petición de la Asamblea Mundial de la Salud, es un plan detallado sobre cómo introducir estos progresos en los sistemas de salud y las comunidades, con el objetivo de mejorar las vidas de las personas con trastornos neurológicos.
Múltiples partes interesadas participaron en la elaboración del plan de acción, incluidas personas con experiencia directa en trastornos mentales, gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, investigadores y el sector privado. Todos aportaron sus agudas percepciones sobre aquello que es necesario cambiar para abordar los trastornos neurológicos.
El plan de acción conceptualiza varias áreas estratégicas en las que debe abordarse el statu quo. Estas incluyen elevar el nivel de prioridad de los trastornos neurológicos dentro de los sistemas de salud y fortalecer la gobernanza; proporcionar servicios eficaces, oportunos y resolutivos de diagnóstico, tratamiento y atención de salud; elaborar y aplicar estrategias de promoción y prevención; fomentar la investigación y la innovación al tiempo que se refuerzan los sistemas de información; y reforzar la respuesta a la epilepsia en clave de salud pública. Las diez metas mundiales ayudarán a medir los progresos hacia la consecución de los objetivos del plan de acción.
El ambicioso alcance del plan está diseñado para abordar la negligencia sostenida en el tiempo de los trastornos neurológicos. Los Estados Miembros, los asociados nacionales e internacionales, y la OMS deben colaborar con objeto de lograr la visión del plan de acción de un mundo en el que se valore y proteja la salud cerebral en el curso de toda la vida; se prevengan, diagnostiquen y traten los trastornos neurológicos; se eviten la mortalidad prematura y la morbilidad; y las personas afectadas por trastornos neurológicos tengan igualdad de derechos, oportunidades, respeto y autonomía.
Dr Tedros Adhanom Ghebreyesus Director General Organización Mundial de la Salud
La complejidad del virus Chikungunya requiere de fuentes de información confiables y centralizadas. Frente a esta necesidad, el Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas (CNICM) de Cuba creó en 2014 un portal web dedicado a respaldar a los profesionales de la salud de la región.
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En algún rincón polvoriento de Haití, donde las montañas se abrazan con las nubes y la tierra huele a esperanza y a desesperación a partes iguales, Froilán Leyva Matos se ha convertido en un faro de vida para los más olvidados. Como un eco lejano de la solidaridad que su país ha regalado a tantas naciones, él ha llevado consigo una medicina que no solo cura cuerpos, sino que sana el alma herida de un pueblo.
Desde que llegó, el 31 de enero de 2024, este médico cubano de 37 años ha sido testigo de la lucha diaria de los haitianos, pero también de la inmensa gratitud que brota de sus corazones.
“Adonde nunca había llegado un médico, llegamos nosotros, los cubanos”, dice, con la mirada fija en la lejanía. Y se transporta a cualquier escena diaria, donde le dedican, cada vez que va, las canciones más sentimentales que ha escuchado en su vida: aquellos que ya estaban acostumbrados a que los milagros no existían, hasta que él —y su pulóver con la imagen del Che— aparecen en sus propias casas.
La jornada comienza con el canto del gallo y termina cuando la luna ya ha subido por completo. Cada mañana, el consultorio se llena de pacientes que confían en la medicina cubana. Por las tardes, él y su equipo recorren los barrios para identificar riesgos, promover la salud y transformar hábitos que durante siglos han condenado a la población. “Hemos cambiado costumbres, estilos de vida… la prevención aquí salva vidas todos los días”, explica.
“Fundamos los primeros consultorios médicos comunitarios en este país, atendiendo gratuitamente a la población y logrando modificar las principales enfermedades transmisibles. Ha sido un impacto increíble: llevamos la salud hasta las casas”, cuenta.
Graduado como médico general integral en 2015, Froilán vive jornadas intensas en el consultorio Anse d’Hainault 1, en el departamento de la Grand Anse, donde atiende a más de 4 300 habitantes.
Ha desarrollado un programa de desparasitación que incluyó a más de 4 000 personas. Gracias a la alianza con un pastor luterano, consiguió medicamentos para distribuirlos gratuitamente entre los más necesitados.
“En lo que he logrado a partir de las indicaciones de la jefatura de la misión médica cubana aquí, mucho ha tenido que ver la unión que hemos propiciado con líderes religiosos y de comunidad, magistrados y alcaldes.”
“Los niños me quieren mucho, y en ellos veo reflejado al mío, que a veces hasta se pone celoso, pues le envío muchas fotos con los pequeños cargados o en medio de las actividades que organizo en la comunidad.”
“Desarrollamos un programa para erradicar la anemia en las embarazadas; eso se convirtió luego en un trabajo científico con resultados a nivel nacional y con un impacto increíble en la población. También un programa de lactancia materna para que las gestantes aprendan cómo es lactar y sus beneficios.”
Aprender el creol fue un reto, así como convivir con una cultura donde las mujeres cargan el peso de la supervivencia. “Es duro verlas hacer esfuerzos inhumanos mientras los hombres no trabajan”, dice con tristeza.
“Me encanta ayudar, es algo que siempre me ha caracterizado”, resume. Hoy, lleva 21 meses sin ver a su familia —aunque en las noches les dedica tiempo: a su esposa, a su hijo de ocho años y a su madre, que lo esperan en Jiguaní, Granma—, “ellos son mi fuerza”, confiesa.
Mientras Froilán sigue entregando tiempo, ciencia y corazón a una comunidad que antes no conocía la palabra médico. Donde las montañas se abrazan con las nubes, en medio de una pobreza que abruma, él continúa encendiendo pequeñas luces.
Quizás, cuando regrese a Cuba, creerá escuchar esas canciones que ahora le sacan lágrimas, en medio del polvo que desde hace 27 años es testigo de la cooperación médica cubana en Haití. Allí estará su huella.