Con el objetivo de promover servicios de salud resilientes, el Día de la Salud de la COP30 celebrará una Sesión Plenaria Ministerial de Salud el 13 de noviembre, de 9:00 a 12:00 horas, en la Sala Plenaria Tocantins (Sala Plenaria 2), Zona Azul.
En esta ocasión, Brasil lanzará oficialmente el Plan de acción de salud de Belém para la adaptación del sector salud al cambio climático (Belém Health Action Plan for the Adaptation of the Health Sector to Climate Change, pdf en inglés), desarrollado mediante amplias consultas internacionales y fruto de esfuerzos colectivos para garantizar que la salud ocupe un lugar central en la agenda climática.
El Plan se fundamenta en los principios de equidad, justicia climática y gobernanza participativa, con el propósito de acelerar la implementación de soluciones climáticas y de salud. Para ello, ofrece glosarios de buenas prácticas en adaptación, orientación sobre el acceso a los medios de implementación y recomendaciones para fortalecer la salud.
Pocas veces un estudio científico puede tener un impacto beneficioso en la vida diaria de tantos millones de personas, explican los cardiólogos Valentín Fuster y Borja Ibáñez. Hace un par de meses, su equipo presentó los resultados de un ensayo clínico con 8 500 voluntarios que mostró que los betabloqueantdores ―unos fármacos que se recetan de por vida tras un infarto desde hace décadas― “no aportan beneficio alguno” a la mayoría de estos pacientes, aquellos que mantienen su capacidad de bombeo del corazón. “Hablamos de decenas o cientos de millones de personas en el mundo, es una barbaridad”, resume Ibáñez, en una sala del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC). Sus conclusiones, sin embargo, se toparon con un cierto escepticismo. El número dos del Ministerio de Sanidad, el médico de familia Javier Padilla, llegó a afirmar que había “artículos contradictorios en este ámbito” e incluso criticó los cantos de sirena de hallazgos que pueden ser muy llamativos».
La controversia afecta a esos millones de personas que toman cada día uno o dos de estos comprimidos. Los betabloqueantes pueden salvarles la vida, si tienen arritmias, insuficiencia cardiaca crónica o disfunción del corazón. Estos fármacos hacen que sus vasos sanguíneos se dilaten, lo cual reduce su presión arterial y su frecuencia cardiaca, pero a menudo tienen efectos indeseados, como el cansancio constante y la disminución del deseo sexual. Solo hay que tomarlos si realmente hay un motivo médico. El equipo español anuncia este domingo nuevos resultados, esta vez “irrefutables”, según subraya Ibáñez, director científico del CNIC. Los autores han analizado los datos de cinco ensayos clínicos en ocho países, con casi 18 000 participantes, y han certificado su conclusión previa: los omnipresentes betabloqueantes no son necesarios en los pacientes que, tras sobrevivir a un infarto, conservan una correcta actividad contráctil de su corazón.
Valentín Fuster dirige el CNIC en Madrid y al mismo tiempo preside el Hospital Cardiaco Monte Sinaí Fuster de Nueva York. El célebre cardiólogo cuenta que él ya dejó hace una década de recetar betabloqueantes a sus pacientes con infarto no complicado. No fue una decisión fácil, explica. Fuster es discípulo de Desmond Julian, el médico británico que hace medio siglo impulsó el ambicioso ensayo clínico que demostró los beneficios de los betabloqueantes tras un infarto. La utilidad de estos fármacos, sin embargo, disminuyó a partir de 2005, cuando se generalizó la implantación de stents coronarios.
“Trabajé con Desmond Julian, así que viví muchísimo el desarrollo del concepto de los betabloqueantes. Durante unos años, era como el evangelio: tenías que dar betabloqueantes tras un infarto, sí o sí. Yo dejé de darlos hace 10 años, pero se me cuestionó mucho esto”, recuerda Fuster, nacido en Barcelona hace 82 años. Su equipo trabaja ahora para calcular el ahorro generado a la sanidad pública. Los betabloqueantes son medicamentos de la década de 1970 ya libres de patentes, como el bisoprolol, desarrollado por la farmacéutica Merck, y el metoprolol, vinculado históricamente a AstraZeneca.
El nuevo análisis incluye casi 18 000 voluntarios, sobre todo de España, Suecia, Noruega, Dinamarca, Italia y Japón. Todos habían sufrido un infarto, pero sin perder la capacidad de bombeo del corazón. La mitad de los pacientes recibió betabloqueantes y la otra mitad no. Tras casi cuatro años de seguimiento, los médicos observaron resultados similares en ambos grupos: alrededor del 8 % de los participantes sufrió un evento cardiovascular importante, ya fuera insuficiencia cardiaca, un nuevo infarto o incluso el fallecimiento. Tomar betabloqueantes o no tomarlos no cambió nada. “Estos datos son definitivos”, sentencia Fuster.
Su anterior estudio, bautizado REBOOT y realizado en un centenar de hospitales de España e Italia, obtuvo resultados inquietantes en las mujeres. Por cada 100 pacientes tratadas con betabloqueantes, hubo un desenlace de muerte, reinfarto u hospitalización atribuible a los propios fármacos, según explicaron entonces los autores. La publicación de la investigación hispanoitaliana coincidió con otro estudio similar, pero con menos pacientes, elaborado en Dinamarca y Noruega. Los resultados parecían contradictorios. El trabajo nórdico, con 5 600 voluntarios, sí había detectado que los betabloqueantes reducían ligeramente el riesgo de muerte o de un evento cardiovascular grave. Al analizar en conjunto todos los datos, el supuesto efecto beneficioso ha desaparecido. Y el posible impacto nocivo en algunas mujeres tampoco se considera ahora estadísticamente significativo.
La Sociedad Europea de Cardiología encargó en 2014 a Borja Ibáñez la elaboración de su guía de tratamiento del infarto de miocardio, un problema que cada año afecta a dos millones de personas en el continente, 70 000 de ellas en España. El cardiólogo cuenta que se encontró con una absoluta falta de evidencias sobre la eficacia actual de los betabloqueantes en los infartos no complicados, pese a que millones de personas los tomaban a diario. Así nació la idea de ponerlos a prueba. “El resultado es revolucionario”, señala Ibáñez, que entiende el escepticismo de hace dos meses. “El ser humano en general, y la comunidad médica no es diferente, tiene mucho miedo al cambio, pero entre las personas expertas en infarto estos datos no han sorprendido a nadie”, opina.
Ibáñez y Fuster vaticinan que habrá un cambio inmediato en las guías de tratamiento del ataque al corazón en todo el mundo. Entre los autores principales del nuevo estudio figuran la cardióloga danesa Eva Prescott, la japonesa Neiko Ozasa y el español Xavier Rosselló. El presidente de la Sociedad Española de Cardiología, Ignacio Fernández Lozano, también cree que este análisis internacional “zanja” las dudas. “Ahora el 70 % de los pacientes quedan sin muchas secuelas ni daños tras un infarto, con su función del corazón conservada, y no obtienen beneficios de los betabloqueantes, así que no hay por qué darlos”, resume. Este cardiólogo, del hospital público madrileño Puerta de Hierro Majadahonda, insiste en que nadie suspenda su tratamiento sin consultarlo antes con su médico.
El plan de acción conceptualiza varias áreas estratégicas en las que debe abordarse el statu quo. Estas incluyen elevar el nivel de prioridad de los trastornos neurológicos dentro de los sistemas de salud y fortalecer la gobernanza; proporcionar servicios eficaces, oportunos y resolutivos de diagnóstico, tratamiento y atención de salud; elaborar y aplicar estrategias de promoción y prevención; fomentar la investigación y la innovación al tiempo que se refuerzan los sistemas de información; y reforzar la respuesta a la epilepsia en clave de salud pública. Las diez metas mundiales ayudarán a medir los progresos hacia la consecución de los objetivos del plan de acción.
Cada año, los trastornos neurológicos, como los accidentes cerebrovasculares, la epilepsia y la demencia, causan la muerte a nueve millones de personas, lo que los convierte en una de las principales causas de mortalidad y discapacidad en el mundo. Las poblaciones marginadas y aquellas personas que viven en comunidades con sistemas de salud precarios son especialmente vulnerables. A la carga de morbilidad por trastornos neurológicos se añade la estigmatización y la discriminación, que pueden limitar las oportunidades en la vida, aumentar el riesgo de pobreza y dificultar el acceso a la atención de salud.
De hecho, muchos trastornos neurológicos se pueden prevenir, y se han logrado numerosos progresos en el ámbito de los tratamientos y la investigación. El Plan de Acción Mundial Intersectorial sobre la Epilepsia y Otros Trastornos Neurológicos, elaborado en el 2022 a petición de la Asamblea Mundial de la Salud, es un plan detallado sobre cómo introducir estos progresos en los sistemas de salud y las comunidades, con el objetivo de mejorar las vidas de las personas con trastornos neurológicos.
Múltiples partes interesadas participaron en la elaboración del plan de acción, incluidas personas con experiencia directa en trastornos mentales, gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, investigadores y el sector privado. Todos aportaron sus agudas percepciones sobre aquello que es necesario cambiar para abordar los trastornos neurológicos.
El plan de acción conceptualiza varias áreas estratégicas en las que debe abordarse el statu quo. Estas incluyen elevar el nivel de prioridad de los trastornos neurológicos dentro de los sistemas de salud y fortalecer la gobernanza; proporcionar servicios eficaces, oportunos y resolutivos de diagnóstico, tratamiento y atención de salud; elaborar y aplicar estrategias de promoción y prevención; fomentar la investigación y la innovación al tiempo que se refuerzan los sistemas de información; y reforzar la respuesta a la epilepsia en clave de salud pública. Las diez metas mundiales ayudarán a medir los progresos hacia la consecución de los objetivos del plan de acción.
El ambicioso alcance del plan está diseñado para abordar la negligencia sostenida en el tiempo de los trastornos neurológicos. Los Estados Miembros, los asociados nacionales e internacionales, y la OMS deben colaborar con objeto de lograr la visión del plan de acción de un mundo en el que se valore y proteja la salud cerebral en el curso de toda la vida; se prevengan, diagnostiquen y traten los trastornos neurológicos; se eviten la mortalidad prematura y la morbilidad; y las personas afectadas por trastornos neurológicos tengan igualdad de derechos, oportunidades, respeto y autonomía.
Dr Tedros Adhanom Ghebreyesus Director General Organización Mundial de la Salud
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Un equipo de científicos halló un potente antibiótico que podría ayudar a combatir las infecciones resistentes a los medicamentos causadas por las llamadas superbacterias, divulgó la revista científica Nature.
«El descubrimiento fue una sorpresa», afirmó Gregory Challis, biólogo químico de la Universidad de Warwick en Coventry, Reino Unido, y coautor del estudio.
Dicho resultado se originó mientras los investigadores analizaban el proceso mediante el cual una bacteria del suelo produce de forma natural un fármaco conocido.
La resistencia antimicrobiana es una amenaza creciente que, según las proyecciones, causará 39 millones de muertes en todo el mundo durante los próximos 25 años.
Los investigadores afirman que el recién creado compuesto antimicrobiano podría dar lugar a más fármacos para combatir la mencionada resistencia.
El trabajo subraya el potencial de los estudios para identificar nuevas estructuras químicas bioactivas a partir de rutas metabólicas ya conocidas, afirma Gerard Wright, bioquímico de la Universidad McMaster en Hamilton, Canadá.
Este descubrimiento accidental tuvo su génesis después que Challis y sus colegas comenzaron a estudiar en 2006 la ruta molecular mediante la cual la bacteria Streptomyces coelicolor produce el antibiótico metilenomicina A.
Para ello, eliminaron uno a uno los genes que codifican las enzimas implicadas en cada paso.
La investigación se basó en los esfuerzos previos realizados en 2002 para secuenciar el genoma de la bacteria.
Para 2010, el equipo descifró el mecanismo que la bacteria utilizaba para producir metilenomicina A e identificado varias moléculas intermedias que generaba durante el proceso.
“Estábamos realizando una investigación básica y exploratoria y descubrimos estos intermediarios y los dejamos de lado durante un tiempo, pues no sabíamos muy bien qué hacer con ellos”, explicó Challis.
Varios años después, en 2017, un estudiante de doctorado del laboratorio de Challis analizó la actividad antimicrobiana de esas moléculas intermedias.
Las pruebas revelaron que dos moléculas, incluida la lactona de premetilenomicina C, fueron mucho más efectivas que la metilenomicina A para atacar siete cepas de bacterias Gram-positivas, incluido el Staphylococcus aureus, que infecta la piel, la sangre y los órganos internos, y el Enterococcus faecium, que puede causar infecciones mortales del torrente sanguíneo y urinarias.