Día del Bibliotecario Cubano: La luz que persiste

Responsable: Mirta Núñez Gudás

Dpto. Servicios Especiales de Información

Día del bibliotecario cubano

Crónica desde una sala de lectura, hoy…

Afuera, el apagón. Adentro, una bibliotecaria de La Habana Vieja enciende un farol. No es 1875. Es 2026. Pero ella, como Antonio Bachiller y Morales —el gran bibliógrafo cuyo natalicio celebramos cada 7 de junio—, sabe que la información no necesita electricidad para ser sagrada.

Antes, los catálogos en tarjetas: cajones de madera, caligrafía tensa, dedos que buscaban entre la «A» de Autor y la «M» de Materia. Un arte minucioso, casi monacal. Hoy, los catálogos en línea bailan en pantallas, pero cuando se va el internet o falla el servidor, la bibliotecaria sigue allí. Con su memoria. Con sus apuntes. Con el farol.

En una biblioteca municipal, hace tres años, sin conexión a la red, una joven graduada recientemente organizó una feria de libros prestados bajo un árbol. Usuarios llevaron sus propios bancos. Ella anotó los préstamos en un cuaderno, como en los años 50. La gente no se fue. La gente volvió.

Las condiciones no son idóneas. Faltan computadoras, la banda ancha es un sueño, los techos gotearon en el último huracán. Sin embargo, los bibliotecarios cubanos inventan. Crean guías de lectura manuscritas. Digitalizan con celulares prestados. Enseñan a adultos mayores a usar la única laptop que tienen, que encienden con un regulador cuando llega la corriente.

Volver atrás no es fracaso. Es buscar en los comienzos las herramientas para seguir. Porque seguir, cuando hay dificultades —luz que falta, conexión que no llega, usuario que espera—, es el mayor mérito.

Bachiller y Morales hizo su bibliografía con papel, tinta y un farol de aceite. Nunca vio una computadora. Pero soñó una Cuba donde el conocimiento se organizara para servir. Ese sueño vive en cada bibliotecario de experiencia, que recuerda las tarjetas; en cada principiante que estudia con videos descargados en la madrugada; en cada estudiante de Ciencias de la Información que hace su tesis sobre plataformas digitales que aún no puede tocar.

El bibliotecario existe porque el usuario existe. Y el usuario no solo necesita datos: necesita a alguien que le explique, que le oriente, que le reconozca en su búsqueda. Sin internet, el bibliotecario es la conexión. Sin luz, es la memoria. Sin edificio, es la red humana.

El día que vuelva la electricidad y regrese la wi-fi, ahí estará ella, frente a la computadora. No para olvidar el pasado, sino para sumarlo. Porque los catálogos en línea no reemplazan la mano que busca, ni el oído que escucha la pregunta del usuario: «Necesito un libro sobre…» Esa pregunta es la misma de hace cien años. Y la respuesta, aunque cambie el soporte, sigue siendo un acto de amor.

Antonio Bachiller y Morales, gracias por el farol. Hoy lo encendemos de nuevo. No para alumbrar tarjetas, sino para seguir, aunque el camino esté oscuro. Porque el bibliotecario cubano, con o sin condiciones, siempre encuentra la manera de decir: «Aquí estoy. ¿En qué te ayudo?»

Para los que comienzan, los que persisten, los que sueñan: feliz día. La luz que ustedes guardan no se apaga con un apagón.

Por María del Carmen González
Jefa del Grupo de Servicios de Análisis a la Informción
Biblioteca Médica Nacional

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