Científica Informativa

La variabilidad de la frecuencia cardiaca como indicador del síndrome de fatiga crónica

Presentar una menor variabilidad de la frecuencia cardiaca podría indicar una mayor gravedad de la sintomatología en los pacientes con síndrome de fatiga crónica (encefalomielitis miálgica), especialmente en mujeres, según un estudio conjunto entre el Instituto de Investigación del Vall d’Hebron (VHIR), la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y la Universidad Politécnica de Cataluña publicado en Sensors.[1]

Los investigadores analizaron la variabilidad de la frecuencia cardiaca como biomarcador para valorar la gravedad de la fatiga en este síndrome como método asequible y no invasivo, a diferencia de las técnicas alto presupuesto utilizadas para el diagnóstico del síndrome de fatiga crónica. Se utilizó una cinta torácica con sensor, conectada por bluetooth a una aplicación móvil con indicación de las distintas mediciones de la variabilidad de la frecuencia cardiaca.

La variabilidad de la frecuencia cardiaca se define como las fluctuaciones en el intervalo de tiempo entre latidos del corazón y se considera como un índice del equilibrio entre el sistema nervioso simpático y el parasimpático. La variabilidad también es un índice de la resiliencia autonómica, ya que refleja la capacidad de recuperarse de la exposición a factores estresantes, tanto físicos como psicológicos. Se utiliza en otras patologías, entre las que se incluyen las cardiovasculares, las que presentan disautonomía y alteraciones en el sistema nervioso periférico o neurodegenerativo, en la enfermedad de fallo cardiaco y en enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson.

Objetivos y mediciones

La investigación actual tuvo tres objetivos:

1) Estudiar la variabilidad de la frecuencia cardiaca como un marcador objetivo, no invasivo y de fácil medición para su uso en la encefalomielitis miálgica/síndrome de fatiga crónica en hombres, usando tecnología móvil, nombrada como mHealth technology por los investigadores.

2) Evaluar si los parámetros de la variabilidad de la frecuencia cardiaca están asociados con los síntomas tempranos de síndrome de fatiga crónica reportados por los hombres.

3) Evaluar las diferencias relacionadas con el género en la variabilidad de la frecuencia cardiaca y los síntomas percibidos por los pacientes con el síndrome de fatiga crónica.

Se incluyó a 77 pacientes con síndrome de fatiga crónica (33 hombres y 45 mujeres) comparados con 44 controles equiparados por edad y sexo. Todos los participantes fueron reclutados por la Unidad Clínica de Encefalomielitis Miálgica/Síndrome de Fatiga Crónica del Hospital Universitario Vall d’Hebron y eran descendientes caucásicos, de la misma área geográfica y llevaban una vida sedentaria en el momento de la investigación.

A todos los participantes se les hizo una primera entrevista para determinar sus factores sociodemográficos y se les realizó una serie de cuestionarios sobre la gravedad de su fatiga, síntomas neurovegetativos, calidad del sueño, ansiedad y depresión y síntomas de disfunción autónoma.

Para analizar la variabilidad de la frecuencia cardiaca se citó tres veces a cada participante en sesiones separadas entre una y tres semanas. Se les citaba entre las tres y las seis de la tarde en una habitación en semioscuridad en la Unidad Clínica de Encefalomielitis Miálgica/Síndrome de Fatiga Crónica del Hospital Vall d’Hebron. La temperatura se mantenía entre 20 y 24 °C. Los participantes no podían haber tomado cafeína, alcohol ni haber hecho ejercicio físico en las últimas 12 horas antes de la sesión. Antes de las mediciones tenían que estar cinco minutos en posición de decúbito supino y sin hablar ni moverse. Pasado ese tiempo, se empezaba a monitorizar la variabilidad de la frecuencia cardiaca durante cinco minutos más a una respiración natural. Los intervalos cardiacos entre latidos se detectaban con una cinta torácica con un sensor que enviaba los datos vía bluetooth a una aplicación móvil, desarrollada por la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad Politécnica de Cataluña.

Diferencias obtenidas según el sexo

Respecto a los cuestionarios de cada participante, se observó, tanto en hombres como en mujeres, que los afectados con el síndrome de fatiga crónica se sentían muy fatigados, se quejaban de síntomas autonómicos neurovegetativos y disfunciones, tenían una calidad del sueño pobre, y presentaban síntomas de depresión y ansiedad derivadas de la mala calidad de vida generada por los otros síntomas, junto con el sentimiento de incomprensión por el resto de la población. En las mujeres afectadas los síntomas parecían más graves que en los hombres que también padecían encefalomielitis miálgica.

Respecto a la variabilidad de la frecuencia cardiaca, se desglosó en parámetros de dominios de frecuencia (baja frecuencia, alta frecuencia,proporción de baja frecuencia/alta frecuencia y alta frecuencia normalizada) y parámetros de dominios de tiempo. En los hombres no se observaron diferencias significativas con el grupo control, aunque en este último los parámetros eran más altos. Por otro lado, en las mujeres con síndrome de fatiga crónica se observó que los parámetros de dominios de alta frecuencia y alta frecuencia normalizada tenían niveles reducidos comparados con el grupo control (275 ms2 frente a 945 ms2 y 36 frente a 49 respectivamente), mientras que el grupo de control tuvo los niveles de proporción de baja frecuencia/alta frecuencia más reducidos (1,39), comparados con todos los grupos, incluido el grupo control masculino (2,96).

Los investigadores concluyeron que el análisis de la variabilidad de la frecuencia cardiaca podría ser válida para analizar respuestas autonómicas y para el diagnóstico de síndrome de fatiga crónica.

La pandemia puede agravar la desnutrición materna e infantil, alerta un reciente estudio

Millones de niños y niñas podrían caer en una espiral de malnutrición como consecuencia de todo lo que ha supuesto la COVID-19, según prevé un estudio publicado recientemente en Nature Food.

En muchos países de ingresos bajos y medios, se prevé un gran aumento de la malnutrición materna e infantil. Además de los 3 000 millones estimados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), otros 141 millones de personas no podrían permitirse una dieta saludable debido a la COVID-19.

Así apunta esta nueva investigación, liderada por investigadores del consorcio Standing Together for Nutrition (ST4N), que predice que esta difícil situación podría empeorar si no se toman medidas urgentes. Los expertos esperan que la proporción de población que no puede permitirse ni siquiera la mitad del coste de una dieta saludable en los 63 países modelados haya aumentado del 43 al 50 %.

Se avecina una crisis nutricional sin precedentes. Si no se toman medidas inmediatas, en 2022 habrá 283 000 muertes adicionales relacionadas con la malnutrición en niños y niñas, lo que equivale a 225 pequeños más que mueren al día, explica Saskia Osendarp, primera autora.

“Nuestro informe modeliza los posibles impactos de la COVID-19 con el fin de orientar a los responsables para que tomen medidas basadas en evidencias sobre cómo mitigar los daños que probablemente tendrá esta enfermedad”, explica a SINC Saskia Osendarp, primera autora del artículo.

Las conclusiones muestran claramente que se avecina una crisis nutricional sin precedentes, más aún con la aceleración de la pandemia en muchos países de ingresos bajos y medios. Si no se toman medidas inmediatas, en 2022 habrá 283 000 muertes adicionales relacionadas con la malnutrición en niños y niñas, lo que equivale a 225 pequeños más que mueren al día”, añade.

Es más, entre los que sobreviven, otros 13,6 millones de niños y niñas corren el riesgo de sufrir desnutrición aguda y 3,6 millones más podrían sufrir retraso en el crecimiento en 2022. “Esto tendrá un impacto duradero en sus vidas, sus familias y sus países. Y, como en cualquier crisis, las mujeres y los más pequeños se ven afectados de forma desproporcionada. El futuro de toda una generación está en peligro”, alerta Osendarp.

Tres escenarios posibles, pero todos negativos

Los investigadores utilizaron herramientas de modelización para proyectar el impacto que la pandemia podría tener en la nutrición materno-infantil en los países menos enriquecidos entre 2020 y 2022 en tres contextos posibles: optimista, moderado y pesimista.

Considerando un escenario moderado para 2022, las alteraciones causadas por la COVID-19 podrían ser la causa de que 9,3 millones de niños adicionales (optimista=6,4 millones; pesimista=13,6 millones) tengan bajo peso para su altura, y 2,6 millones de niños (optimista=1,5 millones; pesimista 3,6 millones) baja altura para su edad.

Considerando un escenario moderado para 2022, la pandemia podrían ser la causa de que 9,3 millones de niños más tengan bajo peso para su altura, y 2,6 millones de niños más baja altura para su edad.

Este escenario también prevé 168 000 muertes infantiles adicionales (optimista=47.000; pesimista=283.000), 2,1 millones de casos de anemia materna (optimista=1 millón; pesimista=4,8 millones) y 2,1 millones de niños nacidos de madres con un índice de masa corporal bajo (optimista=1,4 millones; pesimista=3 millones).

Igualmente, las pérdidas de productividad futuras derivadas del aumento del retraso en el crecimiento, la emaciación y la mortalidad infantil podrían costar 29 700 millones de dólares (pesimista=44.300 millones de dólares). Y para mitigar estos efectos, calculan que se necesitarán 1 200 millones de dólares adicionales al año (pesimista=1 700 millones de dólares) en asignaciones presupuestarias en nutrición.

Eso sí, para los autores es posible que las repercusiones en la nutrición se ajusten más al escenario pesimista, dada la rápida propagación de nuevas variantes agresivas del SARS-CoV-2: “Los gobiernos y los donantes deberían dar prioridad a las intervenciones nutricionales como parte de la respuesta global a la COVID-19”.

La nutrición, clave en la respuesta mundial a la pandemia

No es la primera vez que estos especialistas alertan del peligro. El pasado año publicaron un estudio en The Lancet  que ya ponía en el mapa estas dramáticas cifras, aunque ahora la previsión es mucho peor.

“El impacto inmediato de la pandemia en la vida de los más pequeños ha hecho retroceder el reloj de la nutrición al menos diez años”, valora Lawrence Haddad, coorganizador de ST4N. “Pero también les amenaza con menos probabilidades de sobrevivir a la siguiente enfermedad, de obtener buenos resultados en la escuela y con más riesgo de vivir en la pobreza cuando sean adultos”.

Según los autores, las proyecciones de gasto sugieren que la ayuda oficial al desarrollo para los sectores relacionados con la nutrición no volverá a los niveles de 2019 hasta 2030 como muy pronto. E incluso entonces, no será suficiente.

“La recesión económica generalizada ha hecho que los más pobres sean aún más pobres y que el número de personas que luchan por acceder a alimentos nutritivos aumente cada día. Esto es absolutamente evitable, tenemos herramientas y soluciones. Necesitamos inversiones y acciones audaces. Es hora de que la acción nutricional forme parte de todas las respuestas frente a la COVID-19”, continúa Haddad.

“Asegurar una buena nutrición para todos –especialmente para niños, adolescentes y madres embarazadas y lactantes– es crucial para salvar vidas y asegurar la salud y el desarrollo futuro de familias y naciones. Acertar con la nutrición hoy determinará si las consecuencias de la pandemia se sufrirán durante meses, años o décadas”, concluye Saskia de Pee, del Programa Mundial de Alimentos de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

La COVID-19 ataca más a los pacientes con malnutrición

De la misma forma que la pandemia empeorará la situación de la población más desfavorecida, las personas con COVID-19 con antecedentes de desnutrición pueden tener una mayor probabilidad de morir y de necesitar ventilación mecánica, según un estudio publicado en Scientific Reports.

Utilizando los registros médicos de 8 604 niños y 94 495 adultos que fueron hospitalizados con COVID-19 en Estados Unidos entre marzo y junio de 2020, los autores observaron cómo aquellos pacientes con un diagnóstico previo de malnutrición tenían mayores probabilidades de padecer la enfermedad de forma grave.

Según los autores, las intervenciones de salud pública dirigidas a las personas con mayor riesgo de desnutrición pueden mitigar la mayor probabilidad de covid-19 severa en este grupo.

Las misteriosas mutaciones que hacen de delta la variante del virus del SARS-CoV-2 más contagiosa hasta ahora

Delta: las 5 mutaciones que hacen a esta variante del coronavirus más contagiosa y preocupante - BBC News Mundo

A primera vista las mutaciones de la variante delta de COVID-19, altamente contagiosa, no parecen tan preocupantes.

Para empezar, delta tiene menos cambios genéticos que las versiones anteriores del coronavirus.

«Cuando se supo que la epidemia en India estaba impulsada por delta, nadie imaginó que sería tan mala o que superaría a otras variantes», señaló Trevor Bedford, Ph. D., biólogo del Fred Hutchinson Cancer Research Center, en Seattle, Estados Unidos.

Se equivocaron.

Delta ha mantenido algunas de las mutaciones más exitosas encontradas en variantes anteriores, pero también contiene nuevos cambios genéticos que le permiten propagarse dos veces más rápido.[1]

Delta es más peligrosa en muchos aspectos. Tiene un periodo de incubación de cuatro días, en lugar de seis, lo que hace que la gente se contagie antes.[2] Cuando comenzó la pandemia las personas contagiaban el coronavirus original a un promedio de dos o tres personas. Hoy los infectados por delta contagian, en promedio, a seis.

Hasta hoy la variante delta había causado al menos 92% de las nuevas infecciones en Estados Unidos, según covariants.org, empresa de investigación en Berna, Suiza.

Aunque la variante delta no es necesariamente más letal que otras, puede matar a gran número de personas simplemente porque infecta a muchas más, señaló el Dr. Eric Topol, fundador y director del Scripps Research Translational Institute, en La Jolla, Estados Unidos.

Los científicos han secuenciado las mutaciones de delta, pero todavía tratan de entender su relevancia, afirmó Angela Rasmussen, Ph. D., viróloga de la Vaccine and Infectious Disease Organization en la University of Saskatchewan, en Saskatoon, Canadá. «Cuando vemos que las mismas mutaciones aparecen de forma repetida e independiente, eso sugiere que son importantes».

Los científicos son los que mejor conocen las mutaciones de la llamada proteína en espiga o pico, que sobresale de la superficie del virus como un garrote y que se han estudiado a mayor profundidad por sus graves ramificaciones, explicó Rasmussen. El coronavirus utiliza la proteína espiga para entrar en las células humanas y sus cambios pueden ayudar al virus a evadir los anticuerpos.

Los científicos creen que una de las zonas más importantes de la espiga es la región de unión al receptor, la parte específica de la proteína que permite al virus engancharse a un receptor en la superficie de nuestras células, destacó Vaughn Cooper, Ph. D., profesor de microbiología y genética molecular de la University of Pittsburgh, en Pittsburgh, Estados Unidos.[3,4]

Los receptores son como enchufes o estaciones de acoplamiento que permiten a las proteínas interactuar con la célula. Una vez que el virus consigue entrar en la célula puede causar estragos, secuestrando la maquinaria genética y convirtiéndola en una fábrica de virus.

La preocupante mezcla de delta

La rápida propagación de delta resulta sorprendente, ya que carece de las dos mutaciones que volvieron tan temibles a las variantes anteriores.

Delta no tiene la mutación N501Y que se encuentra en las variantes alfa, beta y gamma, que les permitía invadir las células con más éxito que el virus original. Esa mutación cambió un aminoácido (un bloque de construcción de proteínas) en la región de unión al receptor, el receptor del virus que lo ayuda a penetrar la célula.

Delta también carece de la mutación E484K, que ha hecho que la variante gamma sea tan preocupante. Este cambio genético, a veces llamado Eek, permite que el virus se propague incluso entre personas vacunadas.

«La ‘D’ de delta significa ‘diferente’ y ‘desvío’ hacia una ruta de mutación genómica distinta», indicó el Dr. Topol.[5] «Pero no significa ‘destrucción'», agregó, señalando que las vacunas existentes contra la COVID-19 siguen siendo eficaces contra la variante delta.[6]

Las vacunas protegen a las personas de la COVID-19 proporcionándoles anticuerpos que se adhieren a la proteína de la espiga, impidiendo que el virus entre en las células. Al reducir drásticamente el número de virus que entra en las células, las vacunas pueden evitar que las personas desarrollen enfermedad grave, y también hace que sean menos infecciosas para los demás.

Delta comparte mutaciones con otras variantes exitosas. Al igual que todas las cepas identificadas, delta contiene una mutación de la espiga llamada D614G, a veces conocida como Doug, que se volvió omnipresente el año pasado.[7] Los científicos creen que D614G aumenta la densidad de la proteína de la espiga en la superficie de las partículas víricas y facilita la entrada del virus en las células.[8,9]

Delta también tiene una mutación en la espiga llamada P681R, que se parece mucho a una mutación de la variante alfa que produciría cargas víricas más altas en los pacientes, según Cooper. Las personas infectadas con delta tienen 1.000 veces más virus en sus vías respiratorias, lo que las hace más propensas a propagar el virus cuando estornudan, tosen o hablan.[2]

La mutación P681R, que también se encuentra en la variante kappa, está situada al inicio de una parte del genoma llamada sitio de escisión de la furina, explicó Cooper. La furina es una enzima humana natural a la que el coronavirus secuestra: la usa para cortar la proteína de la espiga en forma óptima para entrar en la célula, indicó Rasmussen, apuntando que la nueva mutación hace que esa obra sea más eficiente.

Otra mutación en delta, que también se encuentra en kappa y épsilon, se llama L452R.[10] Los experimentos sugieren que esta mutación, que también afecta a laregión de unión al receptor , actúa impidiendo que los anticuerpos neutralicen el virus, explicó Cooper.

Estas mutaciones parecen ser más formidables en equipo que por separado.

Los cambios genéticos «ciertamente hacen algo, pero no es del todo evidente por qué esa combinación hace que la variante delta sea más apta. Que se junten parece ser la clave», destacó Bedford.

Delta también ha desarrollado cambios genéticos que no se ven en otras variantes.

Una de esas mutaciones en la espiga es D950N.[7] «Esto puede ser diferente», apuntó Cooper. «No lo vemos en ningún otro sitio». La mutación D950N es diferente porque está situada fuera de la región de unión al receptor, en una zona del genoma del coronavirus que lo ayuda a fusionarse con las células humanas.[11] Esta fusión permite al coronavirus verter su material genético en esas células. La mutación podría afectar a los tipos de células que infecta el virus, lo que le permitiría dañar diferentes órganos y tejidos. Las mutaciones en esta región también se asocian a mayor carga viral, señaló Cooper.

Delta también contiene mutaciones en una parte de la proteína espiga denominada dominio N-terminal, que proporciona un «supersitio» para que los anticuerpos se adhieran al virus e impidan su entrada en las células, apuntó la Dra. Hana Akselrod, especialista en enfermedades infecciosas de la George Washington University School of Medicine & Health Sciences, en Washington, Estados Unidos.[12,13]

Las mutaciones en esta región hacen que los anticuerpos monoclonales sean menos eficaces en el tratamiento de COVID-19 y aumentan la capacidad de la variante delta para escapar de los anticuerpos generados por la vacuna, señaló la Dra. Akselrod. Esto podría explicar por qué las personas vacunadas son ligeramente más propensas a infectarse con delta, lo que les causa una enfermedad leve, pero les permite contagiar el virus.

El futuro comportamiento de delta

Los científicos dicen que es imposible predecir exactamente cómo se comportará delta en el futuro, aunque el Dr. Topol aseguró: «Va a empeorar».

El Dr. Topol señaló que los brotes de delta suelen durar entre 10 y 12 semanas, ya que el virus «arrasa» entre las poblaciones susceptibles.

Si Estados Unidos sigue el patrón observado en Reino Unido y Países Bajos, los contagios podrían pasar del actual promedio móvil de siete días de 42.000 casos a 250.000 al día. Sin embargo, indicó que es poco probable que Estados Unidos sufra las elevadas tasas de mortalidad observadas en India, Túnez e Indonesia, porque casi la mitad de la población está totalmente vacunada.

Mientras algunos estudios han concluido que la vacuna de Johnson & Johnson estimula anticuerpos fuertes y persistentes contra delta, un nuevo informe encontró que los anticuerpos provocados por una sola inyección pueden no ser suficientes para neutralizarla.[14] Los autores de ese estudio, de la New York University GrossmanSchool of Medicine, sugirieron que podría ser necesaria una segunda dosis.[15]

Dos dosis de la vacuna de Pfizer-BioNTech protegen a 94% de las personas de cualquier infección sintomática por la variante alfa, en comparación con 88% contra la variante delta, según un nuevo estudio publicado en The New England Journal of Medicine. Dos dosis de la vacuna de AstraZeneca protegen a 75% de las personas de la variante alfa y a 67% de delta.[7]

Cooper dijo que las vacunas contra la COVID-19 ofrecen protección notable. «Siempre celebraré estas vacunas como uno de los logros científicos de mi tiempo», remarcó.

La mejor manera de frenar la evolución de las variantes es compartir las vacunas con el mundo, vacunando al mayor número de personas posible, enfatizó Bedford. Como los virus sólo sufren cambios genéticos cuando se propagan de un huésped a otro, detener la transmisión les niega la oportunidad de mutar.

Que el coronavirus desarrolle variantes más mortíferas «está totalmente en nuestras manos. Si el número de infecciones sigue siendo alto, va a seguir evolucionando», afirmó Cooper.

Al no contener el virus mediante la vacunación, el uso de mascarillas y evitando las multitudes, se está permitiendo que el coronavirus se transforme en formas cada vez más peligrosas, advirtió el Dr. William Haseltine, exprofesor de la Harvard Medical School, que ayudó a diseñar tratamientos para el VIH/sida. «Está mejorando y lo estamos haciendo mejor. Tener a la mitad de la población vacunada y a la otra mitad sin vacunar y desprotegida: ese es el experimento que yo haría si fuera un demonio y tratara de diseñar un virus destructor de vacunas», agregó.

KHN (Kaiser Health News) es la redacción de KFF (Kaiser Family Foundation), que produce periodismo en profundidad sobre temas de salud. Junto con Análisis de Políticas y Encuestas, KHN es uno de los tres principales programas de KFF. KFF es una organización sin fines de lucro que brinda información sobre temas de salud.

Referencias

  1. American Society for Microbiology. How Dangerous is the Delta Variant (B.1.617.2)? Publicado el 23 de julio de 2021. Consultado en versión electrónica. Fuente
  2. Li B, Deng A, Li K, Hu Y, y cols. Viral infection and transmission in a large well-traced outbreak caused by the Delta SARS-CoV-2 variant. Virological. Consultado en versión electrónica. Fuente
  3. Shabir O. What is a Receptor-Binding Domain (RBD)? News Medical Life Sciences. Consultado en versión electrónica. Fuente
  4. Sriram K, Insel P, Loomba R. What is the ACE2 receptor, how is it connected to coronavirus and why might it be key to treating COVID-19? The experts explain. The Conversation. Publicado el 14 de mayo de 2020. Consultado en versión electrónica. Fuente
  5. Understanding and reporting on the Delta variant. AHCJ. Publicado el 19 de julio de 2021. Consultado en versión electrónica. Fuente
  6. Bernal JL, Andrews N, Gower C, Gallagher E, y cols. Effectiveness of Covid-19 Vaccines against the B.1.617.2 (Delta) Variant. N Engl J Med. 21 Jul 2021. doi: 10.1056/NEJMoa2108891. PMID: 34289274. Fuente
  7. Variant: 21A (Delta). CoVariants. Consultado en versión electrónica. Fuente
  8. Zhang L, Jackson CB, Mou H, Ojha A, y cols. SARS-CoV-2 spike-protein D614G mutation increases virion spike density and infectivity. Nat Commun. 26 Nov 2020;11(1):6013. doi: 10.1038/s41467-020-19808-4. PMID: 33243994. Fuente
  9. Ozono S, Zhang Y, Ode H, Sano K, y cols. SARS-CoV-2 D614G spike mutation increases entry efficiency with enhanced ACE2-binding affinity. Nat Commun. 8 Feb 2021;12(1):848. doi: 10.1038/s41467-021-21118-2. PMID: 33558493. Fuente
  10. Deng X, Garcia-Knight MA, Khalid MM, Servellita V, y cols. Transmission, infectivity, and neutralization of a spike L452R SARS-CoV-2 variant. Cell. 24 Jun 2021;184(13):3426-3437.e8. doi: 10.1016/j.cell.2021.04.025. PMID: 33991487. Fuente
  11. Dhar M, Marwal R, Radhakrishnan VS, Ponnusamy K, y cols. Genomic characterization and Epidemiology of an emerging SARS-CoV-2 variant in Delhi, India. medRxiv. doi: 10.1101/2021.06.02.21258076. Fuente
  12. Targeting a new antibody supersite key to COVID immunity. Science Daily. Publicado el 18 de marzo de 2021. Consultado en versión electrónica. Fuente
  13. McCallum M, De Marco A, Lempp FA, Tortorici D, y cols. N-terminal domain antigenic mapping reveals a site of vulnerability for SARS-CoV-2. Cell. 29 Abr 2021;184(9):2332-2347.e16. doi: 10.1016/j.cell.2021.03.028. PMID: 33761326. Fuente
  14. Positive New Data for Johnson & Johnson Single-Shot COVID-19 Vaccine on Activity Against Delta Variant and Long-lasting Durability of Response. Johnson & Johnson. Publicado el 1 de julio de 2021. Consultado en versión electrónica. Fuente
  15. Tada T, Zhou H, Samanovic MI, Dcosta BM, y cols. Comparison of Neutralizing Antibody Titers Elicited by mRNA and Adenoviral Vector Vaccine against SARS-CoV-2 Variants. bioRxiv. 21 Jul 2021;2021.07.19.452771. doi: 10.1101/2021.07.19.452771. PMID: 34312623. Fuente

La interrupción de servicios de salud durante la pandemia por COVID-19 amenaza la eliminación de la hepatitis en América Latina y el Caribe

Una encuesta recientemente realizada por la Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) indica que la pandemia de COVID-19 ha afectado el diagnóstico y tratamiento de las infecciones virales por hepatitis B y C en América Latina y el Caribe, lo que ha frenado el avance hacia la meta de eliminar estas enfermedades infecciosas para 2030.

Esta encuesta se llevó a cabo previo al Día Mundial de contra la Hepatitis, el 28 de julio, el cual se reconoce anualmente para aumentar la conciencia sobre las hepatitis virales, un grupo de enfermedades infecciosas que provocan la inflamación del hígado y pueden provocar cirrosis y cáncer hepático.

En las Américas, unos 5,4 millones de personas viven con hepatitis B, mientras que 4,8 millones están infectados con hepatitis C. Este año, la campaña se centra en el objetivo de la OPS/OMS de eliminar las hepatitis B y C para 2030, con el lema «la hepatitis no puede esperar».

«La eliminación de las infecciones por hepatitis virales B y C para 2030 es un objetivo alcanzable para mejorar la salud y el bienestar en toda América», afirmó la directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Carissa F. Etienne. «Sin embargo la pandemia ha frenado nuestros avances. Debemos redoblar nuestros esfuerzos para mantener el paso en la eliminación de la hepatitis. Las personas que viven con hepatitis virales no pueden esperar».

La encuesta de la OPS/OMS, conocida como la Encuesta nacional de pulso sobre la continuidad de los servicios sanitarios esenciales durante la pandemia de COVID-19, indica que más de la mitad de los 18 países de América Latina y el Caribe encuestados informaron tener algún nivel de interrupción en el diagnóstico y el tratamiento de las hepatitis B y C. El 17% de los países encuestados informaron de interrupciones graves que afectaron principalmente los nuevos diagnósticos y tratamientos.

Ante estas interrupciones, la OPS/OMS ha renovado su exhorto a los países para que mantengan los servicios de testeo, prevención, vacunación y tratamiento de hepatitis y los integren en la atención primaria de salud. La OPS/OMS también recomienda que todos los recién nacidos sean vacunados contra la hepatitis B y que reciban al menos dos dosis adicionales de la vacuna en el plazo de un año después del nacimiento para estar protegidos de por vida.

Las estimaciones de la OMS sobre la hepatitis viral C indican que cada año se producen 67 mil nuevas infecciones y 84 mil muertes en las Américas. Los antivirales pueden curar a más del 95% de los infectados por hepatitis C, pero sólo el 22% de los infectados crónicos están diagnosticados y sólo el 18% de ellos han recibido tratamiento.

Los datos de la OMS también muestran que se producen alrededor de 10 mil nuevas infecciones de hepatitis B y 23 mil muertes anualmente en las Américas. Sólo un 18% de las personas que viven con hepatitis B han sido diagnosticadas y sólo un 3% de ellas reciben tratamiento.

«La hepatitis es una enfermedad grave pero muy tratable», matizó la doctora Etienne. «Sin embargo, estamos muy lejos de garantizar que todas las personas con hepatitis estén recibiendo los servicios que podrían representar su recuperación. No podemos permitirnos descuidar la hepatitis».

«La vacunación ha permitido eliminar la transmisión de la hepatitis B en la primera infancia en las Américas, pero las tasas de vacunación infantil también han disminuido, lo que pone en peligro ese logro», continuó. «No podemos permitir que nuestros avances se erosionen».

El Fondo Estratégico de la OPS ha ayudado a algunos países a acceder a los antivirales de acción directa (AAD) capaces de curar la hepatitis C en tres meses. Sin embargo, varios países no están ampliando el tratamiento porque los precios siguen siendo una barrera para muchas personas.

En 2019, la OPS lanzó su Iniciativa de Eliminación para acabar con más de 30 enfermedades infecciosas en la región para 2030, entre ellas las hepatitis virales. Para lograrlo, los sistemas de salud deben garantizar el acceso a las pruebas y al tratamiento para todas las personas con hepatitis virales, así como a medidas preventivas como la vacunación.

Certezas de la COVID-19 tras 16 meses en Cuba

Durante más de16 meses los profesionales de la salud del país han lidiado con el enorme reto que representa la pandemia de la COVID-19, que puso a prueba las capacidades de los sistemas sanitarios del mundo en materia de diagnóstico, tratamiento y seguimiento de los pacientes.

Aún son muchas las interrogantes que se ciñen acerca del SARS-CoV-2, a pesar de que la ciencia da pasos agigantados en aras de conocerlo y poder controlar los constantes rebrotes.

Sobre algunas de las certezas que se tienen de este patógeno, altamente transmisible, el doctor Narciso Argelio Jiménez Pérez, especialista en Medicina Interna, Intensiva y Emergencia, e infectólogo del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), ofreció algunas declaraciones.

COVID-19: más que un catarro

Luego de tantos meses, diagnosticar un paciente COVID-19 por sus manifestaciones clínicas resulta complicado, porque el resto de las enfermedades no han dejado de existir y en este contexto de pandemia hay síntomas distinguibles, pero otros son muy comunes.

No obstante, si se piensa solo en manifestaciones respiratorias se dejarían de diagnosticar muchos casos, porque hay personas que solo manifiestan mareos y diarrea antes de la fiebre, mientras que otros pueden tener escalofríos, dolor de garganta o lesiones en la piel. Estas últimas aparecen en momentos diferentes de la evolución de la enfermedada partir de varios patrones.

Una investigación realizada en el IPK –para medir el impacto del coronavirus en egresados de la institución– evidenció que el 47 por ciento de los pacientes tuvieron un patrón maculopapular (conocido como rash y parecido al del dengue)que puede aparecer hasta tres semanas después de la infección.

Existe otro patrón que surge de manera más temprana y simulala varicela, aunque se diferencia en que todas las lesiones son del mismo tamaño.También están los habones urticarianos (como si estuvieran intoxicados) y lesiones violáceas en la piel ovasculitis, las cuales pueden resultar indistinguibles debido a las múltiples causas de la inflamación de los vasos pequeños.

El SARS-CoV-2 es un virus sistémico

Está demostrado que el SARS-COV-2 está presente en muchos órganos. Las manifestaciones respiratorias son más comunes al ser el aparato respiratorio la puerta de entrada al organismo, aunque existen receptores en todos los sistemas por los cuales entra a la célula y se une a ella.

A pesar de que más del 80 por ciento de los infectados eliminan el virus de su organismo, muchos llegan a la convalecencia manteniendo síntomas de la enfermedad y secuelas tanto neurológicas, pulmonares, cardiovasculares, renales y psicológicas que pueden extenderse durante seis meses o por más de un año.

Los convalecientes no son inmunes

Existen evidencias científicas de que las personas recuperadas pueden reinfectarse, riesgo que aumenta con la aparición de nuevas variantes genéticas.

A partir del seguimiento a los convalecientes se ha evidenciado que muchos no desarrollan anticuerpos frente al virus, sin embargo tienen respuesta de memoria de linfocitos B y T,que de ponerse en contacto con él se reactiva la respuesta de anticuerpos.

El SARS-COV-2 ha cambiado

En el país hay un empeoramiento en cuanto a la incidencia de la enfermedad, lo que hace que aumenten los casos graves, críticos y los fallecidos. En este incremento influye la presencia de las variantes Beta y Delta que son más transmisibles y provocan cuadros más graves de la enfermedad, lo que pudiera explicar los fallecimientos de personas jóvenes y sin comorbilidades.

Las mutaciones son modificaciones que realiza el virus para mejorar su eficacia al adherirse al receptor e infectar a un mayor número de células, por lo que las personas tienen más carga viral y eso incrementa la probabilidad de una evolución menos favorable.

Aunque la variante puede ser muy virulenta, si se cumple con el uso correcto de la mascarilla sanitaria y las medidas higiénicas y de distanciamiento, es más difícil que se propague porque existen barreras de contención.Por lo general, las personas ven en el otro la responsabilidad del cuidado y eso es algo quenos corresponde a todos.

La evolución de los pacientes también se ha modificado

La COVID-19 es una enfermedad viral que funciona por fases, es decir, tiene una primera semana que se conoce como de replicación viral o infección temprana y luego viene otra semana donde aparece la neumonía, las complicaciones y la gravedad.

Teníamos marcado que alrededor de los ocho días las personas infectadas que iban a presentar una peor evolucióncomenzaban con disnea, saturación de oxígeno, además de los síntomas habituales. Para los 10 días se trasladaban a terapia intensiva con una respuesta inflamatoria exacerbada y a las 48 horas iniciaban con ventilación mecánica. Sin embargo, ese orden cronológico se ha modificado.

Hemos tenido pacientes que al día 13 o 14 –cuando se supone que el organismo realizó la seroconversión al desarrollar anticuerpos contra el virus–transitan hacia formas graves de manera tardía, por lo que no tienen un comportamiento igual y el virus se replicó más en ellos, de ahí que su evolución sea menos favorable.

La detección temprana y el estado clínico de los pacientes marcan la diferencia

Nosotros no tratamos una PCR (Reacción en la Cadena de la Polimerasa), sino a una persona, esa es la prueba confirmatoria por excelencia y forma parte de los exámenes complementarios, pero lo fundamental es el pensamiento médico y las evidencias clínicas y epidemiológicas de COVID-19, más cuando se trata de contactos de casos confirmados.

Es determinante acudir a las instituciones de salud ante cualquier síntoma, y es que en el desarrollo de una enfermedad infecciosa influyen muchos factores: el agente, el estado de la persona, sus comorbilidades y las circunstancias ambientales y socioeconómicas que ubican a los pacientes en una posición de ventaja o desventaja.

Asimismo, estas condicionantes repercuten en la posibilidad de una recaída,  al evidenciarse mejoría y luego volver al punto inicial –proceso que ocurre con otras enfermedades como el paludismo–, también puede ocurrir una recrudescencia al mantenerse en un punto medio y después empeorar, además de la mencionada reinfección con el SARS-CoV-2.

Esta reinfección puede ocurrir como mínimo a los tres meses de padecerlo y no es el caso de las PCR persistentes. Una persona puede tener una primera PCR evolutiva negativa, luego realizarse otra y encontrarse positiva y resulta normal, pues esas pruebas detectan ácidos nucleicos del virus y la media de negativización es 21 días. Para considerarse una PCR como persistente debe mantenerse por un periodo superior a ese tiempo.

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