
¿Qué lleva a un hombre de 98 años, tras más de seis décadas en la medicina, a abrir sus libros de anestesiología todos los días? Ese es su verdadero récord. La respuesta trasciende la noticia de 2013, cuando la Federación Mundial de Sociedades de Anestesiólogos (WFSA) aplicó encuestas en 140 países para hallar al especialista activo de mayor edad y descubrió que vivía en Cuba y se llamaba Ricardo Charles Mendoza Sánchez.

Este 16 de octubre, Día Mundial de la Anestesiología su historia recobra toda su fuerza. Su camino hacia la profesión fue una conquista demorada: creció en el campo sin escuela cerca, terminó la primaria siendo adolescente y superó la postergación de sus exámenes finales en 1956 y 1957 por la convulsa situación política. Mientras su título se retrasaba, trabajó como asistente de reconocidos especialistas, enamorándose de una disciplina donde el saber exige respuestas inmediatas.
Tras el triunfo de la Revolución, inició en el Hospital General “Calixto García” una prolífica trayectoria que combinó asistencia y docencia. Luego vendrían el Instituto Nacional de Cirugía y Anestesiología, el Hospital Militar “Carlos J. Finlay”, el Hospital Provincial de Camagüey, el antiguo Covadonga (hoy Hospital Clínico Quirúrgico Docente “Dr. Salvador Allende”) y el Centro Internacional de Retinosis Pigmentaria “Camilo Cienfuegos”, donde prestaba servicios desde 2001.
Durante la pandemia de COVID-19, colaboró en el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular junto al profesor Humberto Saiz, hasta que la situación epidemiológica aconsejó su retiro para protegerlo.
A esa vasta hoja de servicios en Cuba se suman sus misiones internacionales en países como Angola e Irak. Allí enfrentó la dureza extrema de atender heridos de guerra con graves traumatismos faciales o mutilaciones. Sin embargo, entre los momentos más dolorosos de su memoria no solo están las secuelas del conflicto, sino la tremenda prueba humana y profesional de haber tenido que administrar anestesia a sus propios padres y a un hermano.
Para el profesor Charles, la anestesiología exige estudio constante y sensibilidad para tranquilizar al paciente. Supo transmitir esa vocación a sus hijas, la estomatóloga Silvia y la anestesióloga Susana. La lucidez de Charles sigue intacta: apenas ayer, le preguntó a Susana (quien se formó a su lado), por una fórmula que ella no recordaba bien y él se la explicó de memoria, sin dudar. Ella disfruta el recuento, y cada una de sus enseñanzas: Para él, un buen anestesiólogo debe estudiar sin descanso, conocer profundamente la enfermedad del paciente, dominar el método clínico y mantenerse actualizado sobre los avances científicos, tanto de su especialidad como de otras ramas de la medicina.

Pero hay algo más. El paciente que entra al salón de operaciones no lleva únicamente una dolencia: lleva consigo sus temores, sus preguntas y esa vulnerabilidad que aparece cuando uno debe confiar su vida a otras manos. Por eso, el profesor insiste en la importancia de conversar con las personas, escucharlas, comprender sus miedos y tranquilizarlas. La ecuanimidad, el cumplimiento riguroso de los requisitos preoperatorios y la capacidad de valorar al enfermo en toda su dimensión humana forman parte de una misma responsabilidad.
En esa manera de entender la anestesiología hay una lección que trasciende la técnica. La excelencia no consiste solamente en saber hacer, sino en comprender para quién y por qué se hace. Quizá por eso, al hablar de las mayores recompensas de su profesión, Charles no necesita recurrir a palabras grandilocuentes. Le basta con enumerar lo esencial: preservar la vida, evitar el sufrimiento, aliviar el dolor, rescatar a un paciente de un paro cardiorrespiratorio. En definitiva, ayudar a que alguien vuelva a casa.

Con la satisfacción de haberlo logrado miles de veces, todos los días él vuelve a estudiar. De ahí que si la WFSA realizara hoy una nueva encuesta internacional, el Dr. Charles otra vez ganaría, porque no hay precedente de un anestesiólogo que a los 98 años mantenga intacto el rigor de repasar sus libros de medicina todos los días, y encima hasta sonreír, elegante y complacido, para las fotos que acompañan esta crónica de homenaje.
Por: Mylenys Torres Labrada



