
El Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología (INOR) enfrenta hoy uno de los escenarios más complejos de su historia reciente. Las sanciones económicas, comerciales y financieras impuestas por Estados Unidos contra Cuba impactan de manera directa la atención a pacientes con cáncer, al limitar el acceso a medicamentos, insumos y tecnologías indispensables para los tratamientos, informó el diario Granma.
En el Servicio de Oncopediatría, donde se atienden algunos de los pacientes más vulnerables, esas limitaciones se traducen en desafíos cotidianos que obligan a la creatividad clínica y al máximo rigor profesional. La doctora Mariuska Forteza Sáez, jefa del servicio, explica que la escasez de quimioterapia ha obligado a modificar protocolos y reajustar dosis, con impactos inevitables en la organización de la atención.
“Tenemos que reinventarnos cada día”, afirma. Y en sus palabras no hay resignación. Hay determinación. Aun en condiciones adversas, el servicio mantiene tasas de supervivencia comparables con las de países desarrollados, resultado del conocimiento acumulado, la disciplina clínica y la entrega de un colectivo que ha hecho de la excelencia una práctica cotidiana.
La resistencia no se limita a la asistencia médica. El director del INOR, el doctor Luis Martínez Rodríguez, subraya que la institución sostiene sus tres misiones fundamentales —asistencia, docencia e investigación—, aunque los niveles de actividad se han visto afectados por la falta de insumos, reactivos y piezas de repuesto. “Ningún niño ha dejado de recibir tratamiento por falta de combustible”, asegura, como expresión de una prioridad ética innegociable.
El contexto demográfico del país añade complejidad al panorama. Más del 25 por ciento de la población cubana está envejecida, lo que incrementa la incidencia del cáncer y la presión sobre los servicios oncológicos. En ese escenario, la prevención adquiere un valor estratégico. Martínez Rodríguez recuerda que cuatro de cada diez casos pueden prevenirse mediante cambios en los estilos de vida, razón por la cual se refuerzan de manera sostenida las campañas educativas.
Desde una mirada histórica y científica, el doctor Elías Gracia Medina, jefe del Grupo Nacional de Oncología, destaca que Cuba inició investigaciones clínicas en cáncer desde la década de 1970 y desarrolló su primer anticuerpo monoclonal en los años 80. Hoy, alrededor del 40 por ciento de los medicamentos oncológicos utilizados en el país son de fabricación nacional.
Sin embargo, las medidas coercitivas limitan el acceso a materias primas, recursos y tecnologías, afectan la producción de fármacos y reducen el número de ensayos clínicos. A ello se suma el impacto de la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, que complica las transacciones financieras internacionales y repercute directamente en los pacientes.
El doctor Carlos Alberto Martínez Blanco, jefe de la Sección para el Control del Cáncer del Ministerio de Salud Pública, califica el impacto de estas medidas como “integral y devastador” y afirma que atentan contra el derecho a la vida. No obstante, subraya que el país mantiene un Programa Nacional contra el Cáncer estructurado en todos los niveles de atención.
Frente a las limitaciones, la respuesta ha sido la resiliencia. Los especialistas coinciden en que el esfuerzo colectivo, el uso de la telemedicina y el fortalecimiento de vínculos internacionales con centros de referencia han permitido sostener la atención y el intercambio científico.
La oncología cubana —y en particular la oncopediatría— continúa en pie gracias al compromiso de sus profesionales. En salas donde la ciencia convive con el dolor y la esperanza, médicos, enfermeras y técnicos garantizan que ningún paciente quede sin atención, aun en condiciones extremas. Allí, cada tratamiento es también un acto de resistencia, y cada niño atendido, una razón para no rendirse.





Por: Mylenys Torres Labrada



