
Cerca del 4 de abril, Infomed comparte entrevistas a jóvenes médicos cubanos en Guatemala, quienes desde su labor diaria reflejan la vocación, el compromiso y la solidaridad de la juventud cubana en la cooperación médica internacional.
La doctora Nereida Durán Matos ha dicho que es feliz allí donde está.
Me lo confiesa sin solemnidad, como si hablara de algo sencillo, mientras amanece en Cobán y el día todavía no decide si será de sol o de lluvia. Lo dice antes de subirse al primer autobús, antes de caminar veinte minutos entre veredas húmedas, y transitar en el segundo transporte que la acerca a Chaimál, esa aldea guatemalteca de San Pedro Carchá donde el tiempo parece tener otra forma de avanzar.
Para llegar cada mañana atraviesa distancias que no siempre se pueden medir en kilómetros: a veces una hora y media, otras dos, dependiendo del tráfico o del ánimo del camino. Luego están las aldeas: Tzunutz, Tipulcán, Zacanihá, Chiquic, Chailpec, Sequib… Allí, donde la mayoría habla q’eqchi’ y muchas personas firman con la huella porque no saben escribir su nombre, ella es la única médica.
Organiza sus días como quien reparte el pan: consultas prenatales, niños con fiebre, mujeres que llegan en silencio para un «papanicolau porque tienen molestias del interior», ancianos que arrastran años de hipertensión sin saberlo. La acompaña una certeza: si ella no llega, nadie llega.
Al principio no se entendían. Las palabras se quedaban a medias entre su español y el idioma de ellos, pero con el tiempo aprendió lo esencial: cómo preguntar, cómo consolar, cómo explicar que el cuerpo también necesita equilibrio en un lugar donde se come como se puede y no como se debe. Aprendió que la gastritis tiene sabor a picante, que la anemia crece en la escasez y que la medicina, muchas veces, tiene que dialogar con la fe.
En Cahabón —donde pasó su primer año de misión— la vida era aún más difícil. Se levantaba a las tres de la mañana todos los lunes para viajar cuatro horas y llegar a una aldea donde pasaba la semana entera. Regresaba al pueblito los viernes, al caer la tarde para repetir el ciclo. Allí empezó a ganarse algo más importante que el respeto: la confianza.
Porque quedarse, en esos lugares, es una forma de amor.
Pero antes de Guatemala, hubo otros mapas.
Brasil, en 2018, en el estado de Piauí, donde trabajó hasta que le dijeron que debía irse. Aunque le ofrecieron quedarse, eligió regresar a Cuba el 9 de diciembre, con la serenidad de quien cumple su deber.
Y antes, Venezuela.
Llegó en 2011 al estado de Aragua, con un diplomado en endoscopías, trabajando en CDI como Bella Vista, Tamborito y La Carpiera, moviéndose en autobuses públicos y atendiendo a un pueblo que también hizo suyo el dolor. El día que murió Hugo Chávez, recuerda que muchos lloraron como si perdieran a alguien de la familia, y ella sintió ese duelo como propio.
Pero ninguna partida la marcó tanto como una ausencia: su madre.
A las diez de la noche le avisaron del infarto. A las once ya no estaba. Llegó tres días después, cuando ya la tierra había hecho su trabajo definitivo. No pudo despedirse. Solo pudo aprender que hay dolores que no se curan, solo se cargan.
Antes de todo eso estuvo Baracoa.
Se graduó en 2009 en la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba y comenzó en el policlínico Hermanos Martínez Tamayo, entre Yara, Palmarejo y Paso de Cuba, en consultorios donde la vocación era imprescindible. Desde allí salió hacia su primera misión.
Hoy, cuando regresa al final del día después de desandar buses y caminos, cuando el cansancio se le acumula en los hombros y el silencio le recuerda que su hijo la espera lejos pero bien cuidado, la doctora Nereida repite sin dudar que es feliz.
Y no es una frase.
Es una forma de entender la vida.
Porque hay quienes buscan la felicidad en lo que tienen, y hay quienes, como ella, la encuentran en el lugar exacto donde hacen falta.
Por Mylenys Torres Labrada













