Trabajo periodístico

Las luces que siguen a Yadir

Un homenaje a todos los profesionales cubanos de la enfermería, este 12 de mayo

Dangriga, la capital del distrito de Stann Creeken en el sur de Belice, se recuesta sobre el Caribe como una ciudad pequeña que aprendió a hablarle al mar sin levantar la voz. La llaman el corazón cultural garífuna, y no es un título sino una forma de respiración: tambores que vienen y van con la marea, casas de madera que envejecen, y una costa donde la noche no cae: se disuelve.

Allí, las luces de navegación apenas rasgan la oscuridad. A veces parecen guardianes cansados que vigilan barcos, manglares y techos húmedos, pero en su persistencia hay algo más antiguo: la costumbre de cuidar sin ser vistos.
Desde hace décadas, esas luces han acompañado una historia: la de quienes desde 1990 llegan de Cuba para trabajar en silencio, en hospitales, en salas de urgencia, en guardias que no conocen calendario. Y entre ellos, la figura de Yadir, un licenciado de la enfermería cubana.

El Southern Regional Hospital de Dangriga es el punto donde el resplandor se vuelve humano. Es un lugar de urgencias reales, donde la medicina no se pronuncia en discursos sino en decisiones rápidas. Cirugías, accidentes, cuerpos que llegan como preguntas abiertas. Cada turno es una frontera.

Y Yadir Ploder Mujica está allí. Con la mirada verde y atenta detrás de las gafas, con manos grandes que no hacen ruido, pero lo resuelven todo. No hay en él gestos de exceso, sino una forma de precisión tranquila, como si cada movimiento hubiera sido ensayado por la experiencia y no por el miedo.

Viene desde Mayabeque, en Cuba, pero su geografía no cabe en un mapa. Se ha ido expandiendo país tras país, como una línea que no se rompe, sino que se prolonga.

En Honduras estuvo en La Paz, una ciudad pequeña donde todo ocurría con una urgencia casi alegre, y donde percibió un gran afecto por los cubanos. En Trinidad y Tobago pasó tres años, entre quirófanos y cuidados intensivos. En San Cristóbal y Nieves, durante la entrada silenciosa de la COVID-19, trabajó en la recepción de pacientes, cuando cada caso era una posibilidad incierta.

Ya para hablar de Liberia, la memoria se vuelve más pesada. “Lo más impresionante fue la cantidad de personas que morían”, dice, “pero también cómo logramos, entre todos, reducir la mortalidad del 90 por ciento al 26”. Y en su voz no hay heroísmo, sino la responsabilidad de haber estado allí. Habla de niños y familias incompletas, como aquella en la que eran cuatro pequeños y solo pudieron salvar a uno de seis años. Son cosas que no se olvidan porque no deberían olvidarse.

De esos días de misión contra el ébola conserva en la memoria el calor extenuante, los trajes de protección, los protocolos para vestirse, desvestirse, trabajar y vivir en condiciones de campaña. Eran jornadas interminables, pero la brigada médica cubana regresó completa a la patria, y aprendió que el miedo puede administrarse cuando hay vidas en juego.

Hoy, es como si todos esos lugares fueran estaciones de una misma historia que no termina de cerrarse.
Las calles cercanas al hospital, en este sur de Belice, tienen postes de luz separados, algo cansados, que dejan tramos de sombra entre un punto y otro. En esos vacíos se cuela el sonido del Caribe: insectos, viento húmedo, algún motor lejano…pero nada altera la rutina de Yadir.

Él también carga ausencias. Sus padres, que tanto insistieron en darles educación, principios y modales, ya no están, aunque viven en él como una presencia invisible. La humildad con la que los nombra no es nostalgia, sino continuidad. Y en Mayabeque, esta periodista comprueba lo mismo cuando habla con su hermana Yanara, quien resulta ahora una especie de norte íntimo para Yadir: “Ella es mi faro”, dice él, sin rodeos, y él para ella: su mayor admiradora. Entre los tres hermanos persiste un lazo que no se afloja, como si la distancia no fuera separación porque hay un lugar que sigue siendo raíz, aunque él ya sea camino.

Por eso él puede irse tan lejos sin perderse. Porque sabe que algo lo sostiene desde antes. “Me siento realizado”, dice Yadir. Y no añade nada más, porque no hace falta.

En Dangriga y en todo el país, las luces siguen la encomienda de acompañar a la brigada médica cubana, que, tanto en hospitales como en comunidades, se integra al sistema de salud beliceño para reforzarlo donde más se necesita.

Y allí Yadir continúa, incluso cuando dice poco. Porque en él el silencio no es ausencia, es método. Es la forma que tiene de no romper lo que es frágil.

Entre luces que no iluminan del todo y sombras que no son oscuridad completa, da todo lo que sabe dar. Sin prisa. Sin anuncio. Como saben hacerlo los que han entendido que cuidar no es un momento, sino una manera de permanecer.

Por: Mylenys Torres Labrada

Yadir Ploder Mujica, Belice

Yadir Ploder Mujica, Belice

Acompañar el acto de ser madre en Argelia

Este relato está dedicado a todos los profesionales de la salud que, en cualquier lugar del mundo, acompañan el momento en que una mujer se convierte en madre. Para quienes sostienen la vida cuando duele, para quienes reciben el primer llanto, para quienes no aparecen siempre en las fotos, pero están en el origen de cada historia.

Las noches en Djelfa descienden frías sobre el desierto, como si el viento borrara suavemente las huellas del día antes de dejar dormir a la ciudad. A más de trescientos kilómetros de la capital de Argelia, esa región vive entre silencios largos, mercados que se apagan tarde y madrugadas donde el llamado a la oración se mezcla, dentro de la maternidad del policlínico Ain Chih, con el primer llanto de la vida.

Hoy está de guardia allí la seño Aliana. De repente entra una embarazada, doblada por las contracciones. Su familiar reza en voz baja. Ella la recibe con la calma que solo da el tiempo y la experiencia de haber acompañado muchos nacimientos, en Cuba primero y ahora en Argelia.

Toma signos vitales.
Organiza el ingreso.
Prepara el salón.
Y entonces ocurre.

La paciente insiste en mostrarle algo a la enfermera argelina, quien sonríe con sorpresa y se acerca a Aliana.

—Quiere que seas tú la que le haga el parto.

Aliana no entiende, hasta que la imagen del teléfono móvil la detiene. Es una fotografía de ella misma sosteniendo a dos recién nacidos, después de haberle realizado el parto de sus gemelos tres años atrás. En esa sala blanca de Djelfa, el pasado regresa sin avisar. Aquella madre ha guardado esa foto como se atesora un milagro. Y ahora vuelve, no con palabras, sino con memoria.

Y con una elección.
La mujer la mira.
Sonríe.
Y Aliana entiende sin que nadie traduzca nada.
Porque hay reconocimientos que no pasan por el idioma.
Solo por la vida.

El dolor sube y baja como olas antiguas que conocen su camino. Aliana acompaña. No empuja. No invade. Está. Respira con ella. Sostiene el tiempo para que la vida encuentre su salida. Y entonces el mundo se abre en un llanto.

Fuerte. Limpio. Absoluto.
El primer llanto.
La madre llora también.
Y después sucede lo esencial.
Le toma la mano a Aliana.
Le besa la frente.

Shukran.

Gracias.
Y esa palabra queda suspendida en el aire como si también acabara de nacer.

Aliana Yamilet Rodríguez Torres viene de Gibara, en la provincia cubana de Holguín, un pueblo donde el mar amanece intenso y las casas guardan olor a salitre. Fue directora municipal de salud durante cinco años y luego regresó al área de salud del policlínico “José Martí”, donde consolidó su vocación como enfermera especialista en Atención Comunitaria y Obstetricia.

En 2019 llegó a Argelia en su primera misión internacionalista para desempeñarse como enfermera obstetra. Al principio todo es distinto: el idioma, las costumbres, el desierto inmenso que rodea la vida como un horizonte sin fin, confiesa Aliana. Pero poco a poco descubres algo que te sostiene cada día: eres útil, y encima: tienes un profundo respeto y cariño del pueblo argelino hacia Cuba y hacia los cubanos.

En cualquier lugar nos reconocen: en un mercado, en una guagua, y nos dicen:

—¡Viva Cuba! ¡Viva Fidel Castro!

«Si montamos en un taxi, nos ponen música cubana sin que nadie la pida, como si la distancia se deshiciera por un momento. Ese cariño nos conmueve a todos los que hoy integramos la brigada médica cubana aquí. Y también nos compromete a trabajar por resultados como los que ya exhibimos en esta maternidad: disminuir la incidencia de la hemorragia postparto y, por consiguiente, las muertes maternas por esta causa; incrementar la lactancia materna exclusiva mediante la educación para la salud y las charlas que brindamos con ayuda de las traductoras; y mejorar la asistencia al control prenatal, logrando que las embarazadas lleguen con
un mínimo de cuatro controles al servicio de la maternidad del policlínico Ain Chih. Todo esto ha mantenido el reconocimiento de las autoridades del Ministerio de Salud argelino por el trabajo de la brigada cubana en Djelfa y en el país».

Pero detrás de todo eso hay algo más simple y profundo: mujeres acompañando a mujeres en el instante más intenso de la vida.
Con dolor.
Con fuerza.
Con miedo.
Con amor.
Y con una presencia al lado.

Y en ese mismo gesto universal, también late Cuba: la escuela de entrega, de humanidad compartida, de manos que cruzan frontera. Desde Gibara hasta Djelfa, desde un policlínico en Holguín hasta una sala de partos en el desierto, la vocación es la misma: cuidar la vida como si fuera propia.

Por: Mylenys Torres Labrada.

La enfermera que aprendió a curar la noche

En Trinidad y Tobago, donde el mar amanece oliendo a sal y misterio, las madrugadas parecen suspendidas. Allí, la escasez de personal sanitario no es una cifra: es una presencia.

Faltan manos en obstetricia, cirugía, anestesia, medicina interna y radiología. Y no es un problema exclusivo de estas islas: la Organización Panamericana de la Salud advierte que para 2030 el Caribe podría enfrentar un déficit de al menos 600 000 profesionales de la salud.

Pero entre Cuba y estas tierras existe, desde el 20 de julio de 2003, un puente de solidaridad.

En el hospital St. James Medical Complex, en Puerto España, Yudisleydi García Domínguez permanece despierta. Trabaja en la atención oncológica de alta complejidad. Administra tratamientos, acompaña procesos, sostiene silencios. Para ella, es una forma de llevar la esencia de la enfermería cubana: no abandonar nunca.

Pero hay un lugar que la habita siempre: Camagüey. Allí regresa en pensamientos para ver de nuevo el Hospital Oncológico Madame Curie y aquella joven enfermera que en 2004 aprendió que la vida y la muerte conviven. Más de dos décadas después, sabe que cada paciente deja lecciones sobre el miedo, la fe y la resistencia.

“Mi vida profesional ha estado marcada por historias intensas”, confiesa. Aprendió que la enfermería es escuchar, sostener, permanecer.

En Cuidados Paliativos, donde fue jefa de sala con 32 años, comprendió que la medicina no siempre cura, pero siempre acompaña. Participó en ensayos clínicos, entre ellos con la vacuna CIMAvax-EGF.

En 2020 integró la Brigada Henry Reeve en Emiratos Árabes Unidos, en plena pandemia. Sin certezas, solo la responsabilidad de sostener la vida. Por esa entrega recibió la Medalla de la Hazaña Laboral.

Orgullosos de ella, en Camagüey están sus padres y su hijo. “El camino ha sido largo —dice—, pero no se siente cuando estás sanando a otros”.

A los jóvenes les deja una certeza: esta no es una profesión para medias entregas.

Un paciente la llama.

La madrugada sigue intacta. El hospital despierta. Y la seño Yudita ajusta su uniforme, sosteniendo una luz que, desde la brigada médica cubana en Trinidad y Tobago, disipa cualquier oscuridad.

Por Mylenys Torres Labrada

Enfermeras en Trinidad Tobago

Enfermeras en Trinidad Tobago

Enfermeras en Trinidad Tobago

Enfermeras en Trinidad Tobago

 

Misión cumplida: el médico que le canta a Guatemala

Cuando la misión médica cubana en Guatemala comenzó a recoger sus pasos para regresar a la isla, ocurrió en Zacapa un hecho que nadie supo explicar sin sentir un leve estremecimiento, y que por eso mismo terminó aceptándose como verdad. Una canción quedó suspendida en el aire ardiente del valle del Motagua, como si el viento —ese viajero que cruza el oriente de Guatemala sin pedir permiso— hubiera decidido aprenderla de memoria.

Era Misión cumplida, la melodía nacida de la voz y el corazón del doctor Edy Jorge Soria, un internista cubano que descubrió, sin proponérselo, que sanar y cantar son dos maneras distintas de tocar el alma.

Nacido en la playa de Santa Lucía, pero radicado en Nuevitas, Camagüey, Edy fue formado en la casa donde dos maestros (para él brillantes) le enseñaron que la vida no solo se vive: también se interpreta. Desde entonces mira a las personas como si cada una llevara dentro un libro abierto que solo se deja leer en voz baja.

Hoy, en el Hospital Regional de Zacapa, donde cumple su primera misión internacionalista en la consulta de Medicina Interna, atiende pacientes, escucha silencios, descifra dolores. En una brigada de siete cooperantes cubanos, la población lo reconoce no solo como médico, sino como alguien que alivia incluso antes de tocar la piel.

En Zacapa, su nombre no circula: permanece. No se pronuncia: se agradece. Hay quienes aseguran que la sola certeza de su presencia modifica el curso de las cosas. Otros dicen que su consulta tiene una calma distinta, como si allí el tiempo hubiese aprendido a sentarse.

Pero Edy no solo lleva un estetoscopio al cuello. Desde la adolescencia compone canciones como quien guarda relámpagos doblados en los bolsillos, por si la noche necesita ser iluminada. La medicina le fue postergando la música, pero nunca logró silenciarla. Ahora ha vuelto a ella con la naturalidad con que los ríos regresan a su cauce cuando nadie los vigila.

En su canal de YouTube, donde aparece como Edy J Soria, comparte composiciones que transitan entre la canción de autor, el rap introspectivo y la poesía urbana. Son piezas nacidas de la experiencia, la gratitud y la vocación de servir; canciones que no buscan el ruido, sino quedarse viviendo en quien las escucha.

La primera en escucharlas, aun en la distancia, es su esposa, médica de familia y compañera de trece años, que ha aprendido a reconocer en cada nota el pulso secreto de la vida compartida.

Sus sueños, lejos de ser promesas, son estaciones visibles: ser especialista en medicina interna, profesor asistente, médico útil. Los demás —el segundo grado, el doctorado, la categoría docente— lo aguardan sin impaciencia. Y entre todos ellos, el más sencillo y verdadero: ver crecer a sus hijos y acompañar sus destinos.

Mientras, Zacapa espera la hora exacta en que la silueta del doctor Soria cruce el camino de regreso hacia Cuba, para hacer soplar sus vientos con una fuerza antigua y repetida.

En ese instante toda Guatemala escuchará, sin saber de dónde viene, la canción que este médico cubano dejó como despedida.

Escuche desde aquí la cánción: Misión cumplida.

 

Por: Mylenys Torres Labrada.

Edy Jorge Soria, Guatemala

Edy Jorge Soria, Guatemala

Edy Jorge Soria, Guatemala

Edy Jorge Soria, Guatemala

Inicia en Cuba la 65 Campaña nacional de vacunación antipoliomielítica

Ya se encuentra en marcha en todo el país la 65 Campaña nacional de vacunación antipoliomielítica oral bivalente, una acción de la salud pública que reafirma el compromiso de Cuba con la protección de la infancia y el mantenimiento de la eliminación de esta enfermedad desde 1962.

En entrevista concedida a Infomed, la doctora Daniuska Hernández Griñán, jefa del Programa nacional de inmunización y vigilancia de enfermedades inmunoprevenibles del Ministerio de Salud Pública, explicó los principales detalles de esta estrategia sanitaria que beneficiará a más de 343 mil niños en todo el territorio nacional.

La especialista recordó que la poliomielitis fue eliminada en Cuba en 1962 tras una intensa campaña de vacunación, y subrayó que el objetivo fundamental de este programa es mantener ese logro sanitario, garantizando que las nuevas generaciones crezcan libres de la enfermedad.

La campaña se desarrolla en dos etapas. La primera, del 27 de abril al 2 de mayo, contempla la administración de la primera dosis —dos gotas de vacuna antipoliomielítica oral bivalente— a los niños mayores de un mes y menores de tres años. Para quienes no puedan vacunarse en ese período, se ha establecido una semana de recuperación del 4 al 9 de mayo.

La segunda etapa está prevista del 15 al 20 de junio, con un período de recuperación del 22 al 27 del mismo mes. En esta fase se aplicará la segunda dosis a los niños incluidos en el esquema inicial y una dosis de refuerzo a los niños de nueve años de edad.

La doctora Hernández Griñán destacó que la campaña implica un importante esfuerzo logístico, que incluye la importación, conservación, distribución y aseguramiento de la vacuna en todo el país, como expresión de la prioridad que concede el sistema de salud cubano a la inmunización.

Asimismo, precisó algunas recomendaciones para las familias, entre ellas esperar 30 minutos antes y después de la vacunación para la ingesta de agua, y cumplir estrictamente el esquema establecido, sin aplicaciones adicionales fuera del período previsto, que concluye el 27 de junio de 2026.

Esta jornada coincide con la 24 Semana de vacunación en las Américas y la 15 Semana mundial de inmunización, que se desarrollan bajo el lema “Tu decisión marca la diferencia”, reforzando el llamado a la participación responsable de la población.

Con esta campaña, Cuba continúa consolidando uno de los logros más importantes de su sistema de salud: mantener eliminada la poliomielitis y proteger de manera sostenida a la infancia.

Por Mylenys Torres Labrada

Campaña de vacunación antipoliomielítica 2026

Campaña de vacunación antipoliomielítica 2026

Campaña de vacunación antipoliomielítica 2026

 

Campaña de vacunación antipoliomielítica 2026 en Guantánamo

Campaña de vacunación antipoliomielítica 2026 en Guantánamo

 

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