Colaboración

Resaltan labor de la Brigada Médica Cubana en Honduras tras su regreso a Cuba

Los aportes y la labor solidaria de los 172 integrantes de la Brigada Médica Cubana que prestaba servicios en Honduras fueron resaltados durante su recibimiento en el Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana. En el acto, Mayelín Hernández, jefa del Departamento de Colaboración Internacional de la Unidad Central de Colaboración Médica, reconoció el compromiso y la entrega de los profesionales cubanos, quienes durante su misión brindaron atención médica a miles de pacientes en diferentes regiones de ese país.

Durante su estancia en Honduras, la brigada atendió más de 30 millones de casos, realizó más de 853 mil intervenciones quirúrgicas, asistió 175 mil partos y contribuyó a salvar más de 253 mil vidas, según datos del Ministerio de Salud Pública.

El doctor Armando Castillo Sánchez, jefe de la brigada, destacó el respeto y la gratitud manifestados por el pueblo hondureño hacia los profesionales cubanos, quienes fueron despedidos con muestras de cariño y reconocimiento a su labor.

La cooperación médica de Cuba con Honduras se mantiene desde 1974, cuando brigadas de la Isla acudieron a ese país tras el paso del huracán Fifí.

Por: Mylenys Torres Labrada.

Marzo de 2010: la misión del Contingente “Henry Reeve” en Rancagua, un ejemplo de ciencia, organización y solidaridad ante el desastre

Mientras Chile intentaba levantarse tras uno de los terremotos más devastadores de su historia —8.8 grados en la escala de Richter, ocurrido el 27 de febrero— un grupo de profesionales cubanos de la salud ya estaba en camino.

La ayuda fue ofrecida de inmediato por Cuba y aceptada oficialmente el 1ro de marzo. Al amanecer del día siguiente, un destacamento del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias “Henry Reeve” partía hacia territorio chileno con un hospital de campaña y 12 toneladas de medicamentos e insumos.

El equipo arribó a las 2:00 de la madrugada del 3 de marzo a Rancagua, capital de la provincia de Cachapoal, en la Región del Libertador General Bernardo O’Higgins, situada a unos 90 kilómetros al sur de Santiago. Hablamos de un importante centro agrícola y minero del país, con una población cercana a los 250 000 habitantes, ahora golpeado por el sismo y sus réplicas.

El sitio escogido fue el Complejo Deportivo “Patricio Mekis”. Allí, donde antes se celebraban eventos deportivos, se erigirían tiendas médicas, áreas de consulta y quirófanos. A las 17:00 horas de ese mismo día —apenas 19 horas después de su llegada
al país— ya estaban funcionando los servicios de medicina general y pediatría.

En una región donde los hospitales trabajaban al límite —con quirófanos al 40 % de capacidad y salas de trauma al 35 %— cada hora contaba. Montar un hospital de campaña implica instalar equipos pesados, garantizar electricidad, agua, esterilización y seguridad. Los soldados chilenos asumieron las tareas más arduas, protegiendo al personal médico de riesgos innecesarios. Fue una alianza concreta, sin protagonismos, marcada por el objetivo común de salvar vidas.

Al frente de la brigada estaba el doctor Carlos Ricardo Pérez Díaz, entonces jefe del destacamento y director del hospital en Rancagua, quien hoy dirige el Centro Nacional de Urgencia Médica del Ministerio de Salud Pública en La Habana.

«Cuando llegamos, todavía se sentían las réplicas. Pero lo que más se percibía era la angustia de la gente. Nuestra responsabilidad era trabajar con rigor, con organización y con serenidad. No solo íbamos a operar o a pasar consulta; íbamos a transmitir confianza. En una emergencia, tan importante como el bisturí es la palabra que tranquiliza», recuerda el doctor Pérez Díaz.

Su liderazgo fue determinante en la organización de turnos de 24 horas de trabajo por 24 de descanso, en la estructuración de servicios y en la rápida adaptación logística del hospital. Cada decisión estaba guiada no solo por la ciencia médica, sino por la comprensión de que detrás de cada paciente había miedo, incertidumbre y familias enteras necesitadas de apoyo.

Los primeros días estuvieron marcados por traumatismos musculoesqueléticos y emergencias cardiovasculares. Más tarde llegaron las infecciones respiratorias y, silenciosamente, las secuelas emocionales del desastre. La inclusión de un psicólogo en el equipo permitió atender también esas heridas invisibles.

«No bastaba con curar el cuerpo; también había que calmar la mente y dar seguridad a quienes habían perdido todo», añade el doctor Pérez Díaz.

Cuando se aproximaba el invierno austral y las lluvias amenazaban con dificultar la atención, se decidió trasladar toda la instalación al gimnasio techado del complejo, estructura que había resistido el terremoto y sus réplicas. En apenas 48 horas, el hospital quedó completamente reubicado y operativo, con consultorios, laboratorio, farmacia, radiología, salas hospitalarias,
unidad de cuidados intensivos y salón de operaciones.

Durante 254 días de trabajo ininterrumpido, el hospital atendió a 50 048 pacientes y realizó 1 778 cirugías, de las cuales más del 80 % fueron mayores. Cada cifra representa una historia: un niño con fiebre en brazos de su madre, un trabajador que necesitaba regresar a su empleo, un anciano que no podía quedar sin tratamiento. Detrás de los números hubo abrazos, palabras de aliento y manos que sostuvieron otras manos.

A lo largo de los años, brigadas médicas cubanas han acudido a terremotos, huracanes, epidemias y otras emergencias en distintas regiones del mundo. La experiencia en Chile reafirmó una convicción: la respuesta médica ante desastres no es solo técnica, es profundamente humana.

Cuando la tierra tembló en Chile, allí estuvo Cuba. Y estuvo no solo para asistir, sino para acompañar, organizar, sostener y permanecer. Porque en los momentos más difíciles, la solidaridad también puede levantarse como un hospital.

Por: Mylenys Torres Labrada.

Dr. León: medicina, arte y la huella de Fidel

En el noroeste de Guatemala, en el municipio de Barillas, departamento de Huehuetenango, donde las montañas parecen abrazar el cielo y los ríos murmuran secretos antiguos, el Dr. Leopoldo Jesús León Leal despierta cada día antes del alba. La frontera con México no está lejos, pero parece un mundo aparte; más de 350 kilómetros separan su hospital de la capital, Ciudad de Guatemala. Es allí donde sus gestos tocan vidas.

Los días en Barillas transcurren entre pacientes y diagnósticos, pero también entre lápices y hojas de papel. Sus dibujos, en blanco y negro, con técnicas de sombreado y estilo grafiti, son ventanas a emociones que no caben en palabras. Los comparte con familiares, amigos, compañeros de trabajo y nuevas generaciones; además, ha llevado algunas de sus obras a exposiciones a la Casa de Cultura Samuel Feijóo, el cine de su pueblo, su policlínico y las actividades por el 27 aniversario de la cooperación médica cubana en Guatemala.

¿Cuántas obras le ha dedicado a Fidel?

Un total de 24, aproximadamente. La primera nació durante su misión en Mali, y a partir de ahí siguieron otras, todas en blanco y negro, con título y sinopsis. «Fidel y Martí me han inspirado muchos trazos, pero también me permito explorar otras emociones y temáticas», dice León. Cada dibujo busca transmitir algo más que la imagen: un mensaje, una historia.

Su trayectoria profesional comenzó en el Policlínico Docente-Asistencial de San Juan de los Yeras, en Ranchuelo, Villa Clara, donde ocupó cargos diversos. Especialista en Medicina Interna, profesor del Grupo Básico de Trabajo, interconsultante y docente, ha recibido medallas y condecoraciones en múltiples ocasiones.

En Guatemala, su vocación se transforma en un desafío cotidiano. Trabajó 17 meses en emergencias durante la epidemia de COVID-19, y hoy atiende a pacientes con múltiples patologías crónicas. Más de 220 000 habitantes dependen del Hospital Nacional Santa Cruz de Barillas, muchos de ellos viajando largas horas por caminos difíciles. León mantiene altos estándares de calidad en la atención que ofrece, junto con la docencia de nuevas generaciones de médicos y estudiantes.

Pintar, dibujar, escribir: estas prácticas son su equilibrio espiritual, la manera de curar el alma mientras cura cuerpos. Se define como pintor naif, siempre buscando interpretación, significado y fundamentación. Sus seres queridos —esposa, hijos, hermanos y primos— son su sostén; sin ellos, confiesa, no podría cumplir con su vocación internacionalista.

Ha aprendido de la cultura maya q’anjob’al: vestimenta, humildad, gratitud. Son personas trabajadoras, respetuosas y llenas de valores, resaltó el doctor. La población de Barillas le ha abierto los brazos; dondequiera que va, lo saludan cordialmente, y él guarda esos gestos en el corazón.

Tras su misión en Guatemala, regresará al policlínico en San Juan de los Yeras, en su natal Ranchuelo. A los jóvenes les dice: «Esta profesión debe vivirse con sensibilidad, solidaridad, altruismo y superación constante. El verdadero médico sirve a la humanidad y hace que cada paciente salga satisfecho. La medicina es ciencia, pero también amor. Solo quien la lleve en el corazón podrá ejercerla con dignidad».

Mientras tanto, entre montañas y ríos, el Dr. León sigue dibujando, enseñando y curando, llevando en cada jornada la inspiración de sus misiones y la certeza de que la medicina y el arte son caminos que se cruzan en la misma entrega: devolver vida y esperanza.

Por: Mylenys Torres Labrada.

México y Cuba fortalecen cooperación bilateral, OPS acompaña los esfuerzos para el control del Aedes aegypti

La Secretaría de Salud Federal, a través del Centro Nacional de Prevención y Control de Enfermedades (CENAPRECE), de la Secretaría de Salud de Yucatán y de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), entregó, el 22 de enero, huevos Aedes aegypti con la bacteria Wolbachia al Ministerio de Salud Pública de la República de Cuba. El acto protocolario de transferencia tecnológica para el control del mosquito Aedes aegypti estuvo acompañado por la Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) en México.

Ante la creciente expansión del mosquito Aedes aegypti y el aumento de casos de arbovirosis como el dengue y chikungunya, los países de las Américas han intensificado la búsqueda de soluciones eficaces y sostenibles. En este contexto, la OPS/OMS acompañó el proceso de transferencia tecnológica México-Cuba, que busca reducir o reemplazar las poblaciones silvestres de mosquitos mediante la liberación controlada de ejemplares criados en laboratorio con Wolbachia, disminuyendo así su capacidad de transmisión de enfermedades.

La Wolbachia es un tipo de bacteria común que se encuentra en insectos y no puede enfermar a las personas ni a los animales. Esta bacteria no se encuentra de manera natural en los mosquitos Aedes aegypti, sin embargo, los equipos de investigación han logrado introducirla en los huevos de los mosquitos, que los transmite de forma natural a sus descendientes. Se trata de un método de control biológico e innovador para reducir la capacidad de los mosquitos de transmitir los arbovirus.

Producción y uso de mosquitos con Wolbachia

Para realizar el reemplazo de población silvestre de mosquitos por mosquitos con la bacteria Wolbachia, se realiza la producción masiva de huevos de estos mosquitos en una biofábrica. Luego, se encapsulan los huevos de los mosquitos con Wolbachia. Después se liberan los mosquitos de forma sistemática en zonas con registro histórico recurrente de transmisión de dengue.

Los mosquitos macho de Aedes aegypti con Wolbachia cuando se aparean con hembras silvestres que no tienen Wolbachia, no producen crías. Los mosquitos hembra de Aedes aegypti con Wolbachia cuando se aparean producen crías con Wolbachia, por consecuencia sin capacidad vectorial de transmisión de los arbovirus.

Cooperación bilateral

Durante el acto protocolario, realizado en el Campus de Ciencias Biológicas y Agropecuarias de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), el director general del Centro Nacional de Prevención y Control de Enfermedades (CENAPRECE)  de la Secretaría de Salud, Rafael Valdez Vázquez, destacó que esta transferencia tecnológica se realizó sin fines de lucro, bajo un modelo de democratización y socialización del conocimiento, lo que convierte a esta colaboración en un hecho único a nivel internacional y en un referente para otros países de la región.

La secretaria de Salud y directora general de los Servicios de Salud de Yucatán, Judith Ortega Canto, subrayó que este esfuerzo no se limita a la firma de un acuerdo, sino que marca un paso trascendental hacia una nueva forma de cooperación sanitaria regional, basada en la ciencia, la confianza y un profundo sentido de humanidad. En este marco, se felicitó al doctor Pablo Manrique y a su equipo por su destacada labor en investigación biomédica e innovación en salud pública.

El jefe del Departamento de Enfermedades Transmisibles, Ministerio de Salud Pública de la República de Cuba, José Raúl de Armas, señaló que este acto representa el inicio de un largo camino de colaboración para el control de vectores y de enfermedades transmisibles, agradeciendo de manera especial el respaldo constante del Gobierno de México y del Estado de Yucatán.

Asimismo, enfatizó la responsabilidad compartida de replicar en Cuba, los resultados positivos obtenidos en México, convencidos de que el éxito alcanzado será también fruto del trabajo conjunto de científicos mexicanos, yucatecos y cubanos.

El rector de la UADY, Carlos Alberto Estrada Pinto, destacó que esto es una muestra concreta de la convicción, lo que representa un acto de cooperación científica de solidaridad regional y de compromiso compartido con la salud pública y reconoció el trabajo que se realiza desde la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia y en el Laboratorio para el Control Biológico de Aedes Aegypti, así como en la Unidad Colaborativa para Bioensayos Entomológicos.

En su oportunidad, el representante de la OPS/OMS en México, José Moya Medina, reafirmó el compromiso de la OPS para seguir brindando cooperación técnica y destacó la importancia de esta transferencia tecnológica en la Región de las Américas, de México hacia Cuba, en un contexto donde el cambio climático y la movilidad poblacional exigen respuestas innovadoras y coordinadas.

Esta acción inédita fortalece la cooperación Sur–Sur y consolida a ambos países como referentes regionales en innovación para el control de vectores, ampliando la capacidad regional para prevenir arbovirosis de manera sostenible.

La Dra. Lleni Castillo y Fidel en la Mosquitia

La Mosquitia no aparece en los mapas como aparece en la vida. Se extiende por el oriente de Honduras, en el departamento de Gracias a Dios, y alcanza también un pedazo de Nicaragua; pero quienes la conocen saben que no se mide por kilómetros, sino por lo que cuesta llegar… entre selvas, ríos y lagunas, donde las carreteras son una promesa incumplida y las comunidades se alcanzan por avión o por lancha, si el tiempo lo permite.

Es un territorio mayoritariamente miskito, con lengua propia, con maneras antiguas de nombrar el mundo y un ritmo que no se deja apurar. También es una de las zonas con mayores carencias del país: aquí persisten enfermedades que en otros sitios ya no asustan —dengue, malaria, infecciones gastrointestinales— y trabajos que cobran el cuerpo como precio, sobre todo el de los buzos langosteros, muchos de ellos condenados a vivir con lesiones neurológicas comenzadas en el fondo del mar.

Pero la Mosquitia tiene memoria. Aquí el tiempo se partió en dos con el huracán Mitch, en 1998, cuando el agua arrasó caminos, casas y certezas. Después del desastre llegaron los médicos cubanos. Y algunos se quedaron para siempre en la historia del lugar.

Por eso hoy este es también un espacio marcado por la solidaridad cubana: brigadas médicas enviadas por Fidel Castro, jóvenes que fueron a estudiar a Cuba y regresaron convertidos en médicos formados en la ELAM, y una escuela que se llama República de Cuba, como si el nombre hubiera decidido echar raíces.

Dicho de otro modo, más breve y más cierto: es un lugar al que no se llega fácil, pero del que tampoco se sale igual.

Y es allí, específicamente en el municipio de Puerto Lempira, donde trabaja hoy la doctora Lleni Castillo Poll, especialista cubana en Medicina Física y Rehabilitación, integrante de la Brigada Médica Cubana en Honduras desde el 11 de marzo de 2024. En la localidad hay seis cooperantes de la isla.

—“Siempre nos dicen que somos diferentes —cuenta Lleni—. En el trato y en el conocimiento. Y todos son muy amables con nosotros”.

En el hospital de puerto Lempira trabaja como fisiatra y, al mismo tiempo, apoya la atención primaria como médica general integral. Cada quince días rota por el centro de febriles, donde atiende pacientes con dengue, malaria y otras fiebres que llegan sin avisar.

Lleni viene de Ciego de Ávila y tiene su historia:

En 2002 era directora del área de salud de Pedro Ballester, en el municipio Primero de Enero, cuando fue convocada a un encuentro en el Palacio de las Convenciones. Allí estaban los primeros profesionales del Programa del Médico y la Enfermera de la Familia. Al frente estaba Fidel. Explicó que tenía que ir ese mismo día a la Feria del Libro, pero aun así preguntó sin descanso: por los estudios realizados, por los policlínicos, por cada detalle del sistema. A Lleni le preguntó por la estructura del hospital y el número de camas.

—“Me temblaban las piernas —recuerda—. Porque él lo sabía todo. Era increíble”.

Aún conserva su risa. Apareció cuando leyó el menú del almuerzo y dijo, riéndose:

—“No crean que es un manjar; es picadillo de soya mejorado”.

Y se reía, con cariño.

En 2005, durante la Tribuna Antimperialista, Lleni volvió a encontrarse con él. Estaba en La Habana cursando el Diplomado en Medicina Física y Rehabilitación Haciendo Futuro, pensado para servir a la hermana República de Venezuela. Al terminar la jornada, Fidel salió de una cabina y comenzó a darles la mano uno a uno.

—“La suya era suave —dice Lleni—. Parecía de terciopelo”.

Después vinieron otros mapas: Venezuela, Arabia Saudita. Y ahora, la Mosquitia.

Aquí enfrenta una realidad dura: muchos buzos con lesiones de médula espinal, hombres jóvenes cuyos cuerpos se quedaron detenidos en el fondo del mar.

—“Mi objetivo es elevar la calidad de vida de esas personas con discapacidad —afirma—. Y lo he logrado. La conducta a seguir con cada paciente varía, obviamente, según lo que obtengamos en el interrogatorio y el examen físico. Si un buzo viene sin control de esfínter, uno trata de reeducar la vejiga y el intestino; si es con trastornos en la marcha, estabilizarla… etc.

Aquí la mayoría de la población se dedica a la pesca; muchos sin asegurarse de que tienen un entrenamiento adecuado y de que están lo suficientemente saludables. Tampoco las condiciones que ponen los dueños de los barcos son siempre las requeridas. Se sumergen a profundidades con escasa disponibilidad de oxígeno y, cuando suben demasiado rápido a la superficie, ocurre el síndrome de descompresión o la descompresión por buceo: se lesiona la médula y muchos terminan en sillas de ruedas. La población de buzos con discapacidad es bien elevada; por eso el Ministerio de Salud de Honduras solicitó la presencia aquí de dos fisiatras cubanas”.

Cuba tampoco se ha ido de Lleni. Realiza consultas en línea, orienta a diplomantes y atiende llamadas telefónicas de pacientes que siguen confiando en su voz como si la escucharan en la misma sala de rehabilitación de Pedro Ballester o en la de la cabecera municipal, lugares donde labora. La distancia, en su caso, es solo otra forma del vínculo.

La sostiene su familia: sus padres, su hija, su hermana, su cuñado y sus tías.

Pero mientras tanto, en la Mosquitia hondureña —donde la vida no suele ser fácil y el cuerpo aprende pronto sus límites—, ella trabaja porque la rehabilitación sea algo más que un acto médico.

Y en ese gesto cotidiano, persiste también una herencia: la de una isla pequeña que aprendió a llegar lejos, y la de un hombre inmenso que creyó que la solidaridad podía ser un camino.

En la Mosquitia la voluntad de Cuba se mantiene viva.

Cuba-Honduras

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