Trabajo periodístico

Día Mundial de la Hipertensión arterial: iniciativas en Cuba para su control

La hipertensión arterial afecta al 37,3 % de la población cubana, más de 3,1 millones de personas, y al 40 % de los adultos entre 30 y 79 años. De ellos, 2,2 millones han sido diagnosticados, mientras que unos 900 mil permanecen sin detección. Dos millones reciben tratamiento, pero solo la mitad logra mantener la enfermedad controlada, según el reporte preliminar de la Sesión Central del Ateneo “Dr. Ignacio Macías Castro”.}

En el ateneo, celebrado en la Sociedad Económica de Amigos del País – Instituto de Literatura y Lingüística, expertos como el Dr. Rubén García López de Villavicencio y el Dr. Jorge Luis León Álvarez debatieron sobre “Control de la Hipertensión Arterial para la reducción del riesgo cardiovascular global”. Se anunció, además, la convocatoria al Premio a la Calidad HEARTS 2026, iniciativa de la OMS y la OPS presente en Cuba desde 2016.

Previo a la fecha del 17 de mayo, Día Mundial de la Hipertensión Arterial, se desarrollan acciones de prevención y control en consultorios del médico de la familia, hospitales y espacios comunitarios. Entre ellas destacan la medición de la presión arterial, talleres sobre hábitos saludables y capacitación del personal de salud.

El Dr. Salvador Tamayo Muñiz, jefe del Grupo Nacional de ENT del MINSAP, resaltó que estas acciones fortalecen la detección temprana y el control de la hipertensión, prevenible mediante seguimiento médico regular, tratamiento adecuado y hábitos de vida saludables.

Por Mylenys Torres Labrada

Profesor Pastor Castell

Día de la Hipertensión Arterial

17 de mayo, Día Mundial de la Hipertensión Arterial

 

66 años cuidando la infancia cubana: vocación y sensibilidad en el Hospital William Soler

En este mes de mayo, el Hospital Pediátrico Universitario «William Soler» cumple su 66 aniversario de vida, consolidado como una de las principales instituciones pediátricas del país y referencia nacional en la atención especializada a niños y adolescentes.

En medio de las complejidades y carencias que atraviesa hoy el sistema de salud cubano, el hospital sostiene una labor marcada por la entrega, la sensibilidad y el compromiso de su personal médico, paramédico y de apoyo. Hoy conversamos con su directora, la doctora pediatra Alena Fontané Valdés sobre los desafíos actuales, la esencia humana de la institución y la responsabilidad de dirigir un centro que recibe pacientes de toda Cuba.

Infomed: ¿Qué ha sido clave para mantener la atención y la esencia del William Soler en tiempos tan complejos?

Dra. Alena: “Estamos viviendo épocas muy duras, en las que por supuesto se nos dificulta en gran medida garantizar muchos recursos. Pero con la ayuda de nuestro gobierno, de nuestra gente que se ha mantenido aquí a pesar de todas las dificultades, y también con la ayuda de pueblos hermanos que han decidido estar a nuestro lado en estos momentos, de alguna manera estamos logrando resolver algunas cosas desde el punto de vista de materiales, alimentos e insumos que necesitamos”.

Infomed: ¿Qué valores del hospital considera que siguen siendo innegociables en su funcionamiento diario?

Dra. Alena: “El compromiso humano con nuestros niños y sus familias. Este es un hospital donde la sensibilidad tiene que estar presente en cada decisión. Aquí trabajamos para proteger lo más valioso que tiene una familia cubana: sus hijos”.

Infomed: Dirigir un hospital pediátrico de referencia implica alta exigencia y, a la vez, una enorme sensibilidad. ¿Cómo logra equilibrar ambos retos en su liderazgo?

Dra. Alena: “Es complicado porque es necesario exigir para que las cosas funcionen de manera adecuada, pero a la vez debe hacerse con mucha sensibilidad por la calidad de los trabajadores que tenemos y por el tipo de paciente que atendemos. Al ser niños, la labor es extremadamente sensible por lo que significa un niño para la familia cubana y para el pueblo de Cuba.

Además, el funcionamiento del hospital no depende solamente de nuestra gestión interna; depende también, en gran medida, de la disciplina de la población. Es muy importante que las familias cumplan las indicaciones que les damos para poder llevar a buen puerto la salud de nuestros niños”.

Infomed: ¿Qué momento cotidiano dentro del hospital cree que mejor define la esencia del William Soler?

Dra. Alena: “No hay momento definido, sino estar todos los días aquí con mis trabajadores, con los niños y con las familias cubanas que en este minuto necesitan de nuestra atención y nuestro apoyo incondicional para su tesoro más preciado”.

Infomed: Una responsabilidad tan grande también exige sacrificios personales. ¿Quiénes han sido su principal sostén en este camino?

Dra. Alena: “Mucho. Agradezco profundamente a mi familia, a mi mamá que ha estado ahí firme siempre, en la retaguardia; a mi papá y, por supuesto, a mi esposo, que es un pilar fundamental para que yo pueda dedicar gran parte de mi tiempo a las labores relacionadas con el hospital. Sin ellos sería imposible”.

A 66 años de su fundación, Cuba también agradece a la Dra. Alena y a todo el colectivo del Hospital Pediátrico Universitario «William Soler» por seguir ahí, acompañando a generaciones de niños y familias cubanas con sensibilidad, entrega y vocación de servicio, incluso en los tiempos más difíciles.

Por Mylenys Torres Labrada

Aniversario Hospital William Soler

Las luces que siguen a Yadir

Un homenaje a todos los profesionales cubanos de la enfermería, este 12 de mayo

Dangriga, la capital del distrito de Stann Creeken en el sur de Belice, se recuesta sobre el Caribe como una ciudad pequeña que aprendió a hablarle al mar sin levantar la voz. La llaman el corazón cultural garífuna, y no es un título sino una forma de respiración: tambores que vienen y van con la marea, casas de madera que envejecen, y una costa donde la noche no cae: se disuelve.

Allí, las luces de navegación apenas rasgan la oscuridad. A veces parecen guardianes cansados que vigilan barcos, manglares y techos húmedos, pero en su persistencia hay algo más antiguo: la costumbre de cuidar sin ser vistos.
Desde hace décadas, esas luces han acompañado una historia: la de quienes desde 1990 llegan de Cuba para trabajar en silencio, en hospitales, en salas de urgencia, en guardias que no conocen calendario. Y entre ellos, la figura de Yadir, un licenciado de la enfermería cubana.

El Southern Regional Hospital de Dangriga es el punto donde el resplandor se vuelve humano. Es un lugar de urgencias reales, donde la medicina no se pronuncia en discursos sino en decisiones rápidas. Cirugías, accidentes, cuerpos que llegan como preguntas abiertas. Cada turno es una frontera.

Y Yadir Ploder Mujica está allí. Con la mirada verde y atenta detrás de las gafas, con manos grandes que no hacen ruido, pero lo resuelven todo. No hay en él gestos de exceso, sino una forma de precisión tranquila, como si cada movimiento hubiera sido ensayado por la experiencia y no por el miedo.

Viene desde Mayabeque, en Cuba, pero su geografía no cabe en un mapa. Se ha ido expandiendo país tras país, como una línea que no se rompe, sino que se prolonga.

En Honduras estuvo en La Paz, una ciudad pequeña donde todo ocurría con una urgencia casi alegre, y donde percibió un gran afecto por los cubanos. En Trinidad y Tobago pasó tres años, entre quirófanos y cuidados intensivos. En San Cristóbal y Nieves, durante la entrada silenciosa de la COVID-19, trabajó en la recepción de pacientes, cuando cada caso era una posibilidad incierta.

Ya para hablar de Liberia, la memoria se vuelve más pesada. “Lo más impresionante fue la cantidad de personas que morían”, dice, “pero también cómo logramos, entre todos, reducir la mortalidad del 90 por ciento al 26”. Y en su voz no hay heroísmo, sino la responsabilidad de haber estado allí. Habla de niños y familias incompletas, como aquella en la que eran cuatro pequeños y solo pudieron salvar a uno de seis años. Son cosas que no se olvidan porque no deberían olvidarse.

De esos días de misión contra el ébola conserva en la memoria el calor extenuante, los trajes de protección, los protocolos para vestirse, desvestirse, trabajar y vivir en condiciones de campaña. Eran jornadas interminables, pero la brigada médica cubana regresó completa a la patria, y aprendió que el miedo puede administrarse cuando hay vidas en juego.

Hoy, es como si todos esos lugares fueran estaciones de una misma historia que no termina de cerrarse.
Las calles cercanas al hospital, en este sur de Belice, tienen postes de luz separados, algo cansados, que dejan tramos de sombra entre un punto y otro. En esos vacíos se cuela el sonido del Caribe: insectos, viento húmedo, algún motor lejano…pero nada altera la rutina de Yadir.

Él también carga ausencias. Sus padres, que tanto insistieron en darles educación, principios y modales, ya no están, aunque viven en él como una presencia invisible. La humildad con la que los nombra no es nostalgia, sino continuidad. Y en Mayabeque, esta periodista comprueba lo mismo cuando habla con su hermana Yanara, quien resulta ahora una especie de norte íntimo para Yadir: “Ella es mi faro”, dice él, sin rodeos, y él para ella: su mayor admiradora. Entre los tres hermanos persiste un lazo que no se afloja, como si la distancia no fuera separación porque hay un lugar que sigue siendo raíz, aunque él ya sea camino.

Por eso él puede irse tan lejos sin perderse. Porque sabe que algo lo sostiene desde antes. “Me siento realizado”, dice Yadir. Y no añade nada más, porque no hace falta.

En Dangriga y en todo el país, las luces siguen la encomienda de acompañar a la brigada médica cubana, que, tanto en hospitales como en comunidades, se integra al sistema de salud beliceño para reforzarlo donde más se necesita.

Y allí Yadir continúa, incluso cuando dice poco. Porque en él el silencio no es ausencia, es método. Es la forma que tiene de no romper lo que es frágil.

Entre luces que no iluminan del todo y sombras que no son oscuridad completa, da todo lo que sabe dar. Sin prisa. Sin anuncio. Como saben hacerlo los que han entendido que cuidar no es un momento, sino una manera de permanecer.

Por: Mylenys Torres Labrada

Yadir Ploder Mujica, Belice

Yadir Ploder Mujica, Belice

Acompañar el acto de ser madre en Argelia

Este relato está dedicado a todos los profesionales de la salud que, en cualquier lugar del mundo, acompañan el momento en que una mujer se convierte en madre. Para quienes sostienen la vida cuando duele, para quienes reciben el primer llanto, para quienes no aparecen siempre en las fotos, pero están en el origen de cada historia.

Las noches en Djelfa descienden frías sobre el desierto, como si el viento borrara suavemente las huellas del día antes de dejar dormir a la ciudad. A más de trescientos kilómetros de la capital de Argelia, esa región vive entre silencios largos, mercados que se apagan tarde y madrugadas donde el llamado a la oración se mezcla, dentro de la maternidad del policlínico Ain Chih, con el primer llanto de la vida.

Hoy está de guardia allí la seño Aliana. De repente entra una embarazada, doblada por las contracciones. Su familiar reza en voz baja. Ella la recibe con la calma que solo da el tiempo y la experiencia de haber acompañado muchos nacimientos, en Cuba primero y ahora en Argelia.

Toma signos vitales.
Organiza el ingreso.
Prepara el salón.
Y entonces ocurre.

La paciente insiste en mostrarle algo a la enfermera argelina, quien sonríe con sorpresa y se acerca a Aliana.

—Quiere que seas tú la que le haga el parto.

Aliana no entiende, hasta que la imagen del teléfono móvil la detiene. Es una fotografía de ella misma sosteniendo a dos recién nacidos, después de haberle realizado el parto de sus gemelos tres años atrás. En esa sala blanca de Djelfa, el pasado regresa sin avisar. Aquella madre ha guardado esa foto como se atesora un milagro. Y ahora vuelve, no con palabras, sino con memoria.

Y con una elección.
La mujer la mira.
Sonríe.
Y Aliana entiende sin que nadie traduzca nada.
Porque hay reconocimientos que no pasan por el idioma.
Solo por la vida.

El dolor sube y baja como olas antiguas que conocen su camino. Aliana acompaña. No empuja. No invade. Está. Respira con ella. Sostiene el tiempo para que la vida encuentre su salida. Y entonces el mundo se abre en un llanto.

Fuerte. Limpio. Absoluto.
El primer llanto.
La madre llora también.
Y después sucede lo esencial.
Le toma la mano a Aliana.
Le besa la frente.

Shukran.

Gracias.
Y esa palabra queda suspendida en el aire como si también acabara de nacer.

Aliana Yamilet Rodríguez Torres viene de Gibara, en la provincia cubana de Holguín, un pueblo donde el mar amanece intenso y las casas guardan olor a salitre. Fue directora municipal de salud durante cinco años y luego regresó al área de salud del policlínico “José Martí”, donde consolidó su vocación como enfermera especialista en Atención Comunitaria y Obstetricia.

En 2019 llegó a Argelia en su primera misión internacionalista para desempeñarse como enfermera obstetra. Al principio todo es distinto: el idioma, las costumbres, el desierto inmenso que rodea la vida como un horizonte sin fin, confiesa Aliana. Pero poco a poco descubres algo que te sostiene cada día: eres útil, y encima: tienes un profundo respeto y cariño del pueblo argelino hacia Cuba y hacia los cubanos.

En cualquier lugar nos reconocen: en un mercado, en una guagua, y nos dicen:

—¡Viva Cuba! ¡Viva Fidel Castro!

«Si montamos en un taxi, nos ponen música cubana sin que nadie la pida, como si la distancia se deshiciera por un momento. Ese cariño nos conmueve a todos los que hoy integramos la brigada médica cubana aquí. Y también nos compromete a trabajar por resultados como los que ya exhibimos en esta maternidad: disminuir la incidencia de la hemorragia postparto y, por consiguiente, las muertes maternas por esta causa; incrementar la lactancia materna exclusiva mediante la educación para la salud y las charlas que brindamos con ayuda de las traductoras; y mejorar la asistencia al control prenatal, logrando que las embarazadas lleguen con
un mínimo de cuatro controles al servicio de la maternidad del policlínico Ain Chih. Todo esto ha mantenido el reconocimiento de las autoridades del Ministerio de Salud argelino por el trabajo de la brigada cubana en Djelfa y en el país».

Pero detrás de todo eso hay algo más simple y profundo: mujeres acompañando a mujeres en el instante más intenso de la vida.
Con dolor.
Con fuerza.
Con miedo.
Con amor.
Y con una presencia al lado.

Y en ese mismo gesto universal, también late Cuba: la escuela de entrega, de humanidad compartida, de manos que cruzan frontera. Desde Gibara hasta Djelfa, desde un policlínico en Holguín hasta una sala de partos en el desierto, la vocación es la misma: cuidar la vida como si fuera propia.

Por: Mylenys Torres Labrada.

La enfermera que aprendió a curar la noche

En Trinidad y Tobago, donde el mar amanece oliendo a sal y misterio, las madrugadas parecen suspendidas. Allí, la escasez de personal sanitario no es una cifra: es una presencia.

Faltan manos en obstetricia, cirugía, anestesia, medicina interna y radiología. Y no es un problema exclusivo de estas islas: la Organización Panamericana de la Salud advierte que para 2030 el Caribe podría enfrentar un déficit de al menos 600 000 profesionales de la salud.

Pero entre Cuba y estas tierras existe, desde el 20 de julio de 2003, un puente de solidaridad.

En el hospital St. James Medical Complex, en Puerto España, Yudisleydi García Domínguez permanece despierta. Trabaja en la atención oncológica de alta complejidad. Administra tratamientos, acompaña procesos, sostiene silencios. Para ella, es una forma de llevar la esencia de la enfermería cubana: no abandonar nunca.

Pero hay un lugar que la habita siempre: Camagüey. Allí regresa en pensamientos para ver de nuevo el Hospital Oncológico Madame Curie y aquella joven enfermera que en 2004 aprendió que la vida y la muerte conviven. Más de dos décadas después, sabe que cada paciente deja lecciones sobre el miedo, la fe y la resistencia.

“Mi vida profesional ha estado marcada por historias intensas”, confiesa. Aprendió que la enfermería es escuchar, sostener, permanecer.

En Cuidados Paliativos, donde fue jefa de sala con 32 años, comprendió que la medicina no siempre cura, pero siempre acompaña. Participó en ensayos clínicos, entre ellos con la vacuna CIMAvax-EGF.

En 2020 integró la Brigada Henry Reeve en Emiratos Árabes Unidos, en plena pandemia. Sin certezas, solo la responsabilidad de sostener la vida. Por esa entrega recibió la Medalla de la Hazaña Laboral.

Orgullosos de ella, en Camagüey están sus padres y su hijo. “El camino ha sido largo —dice—, pero no se siente cuando estás sanando a otros”.

A los jóvenes les deja una certeza: esta no es una profesión para medias entregas.

Un paciente la llama.

La madrugada sigue intacta. El hospital despierta. Y la seño Yudita ajusta su uniforme, sosteniendo una luz que, desde la brigada médica cubana en Trinidad y Tobago, disipa cualquier oscuridad.

Por Mylenys Torres Labrada

Enfermeras en Trinidad Tobago

Enfermeras en Trinidad Tobago

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Enfermeras en Trinidad Tobago

 

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